José Manuel Arango

1937 - 2002

José Manuel Arango (Carmen del Viboral, 1933-2002) nació en un centro agrícola y artesanal del noroccidente de Colombia. Allí pasó su niñez acompañando a su abuelo materno en las tareas de siembra y cosecha del maíz que vendía los domingos, día del mercado. De Carmen saldría ya entrada la pubertad para ingresar al Seminario Mayor de Medellín donde hizo el bachillerato, adquiriendo la disciplina y el estoicismo habitual en los candidatos a cura.  Hizo estudios de filosofía en la Universidad Pedagógica de Tunja, una villa colonial del altiplano donde habían vivido los Muiscas. Allí casó con Clara Leguizamón, su compañera de toda la vida con quien tuvo tres hijos: Rodrigo, Tereza y Gustavo, el primero de ellos asesinado, por un conductor de bus municipal, el mismo día de su graduación como bachiller.

En la Universidad de West Virginia hizo una maestría en filosofía y literatura durante el apogeo de las contraculturas y el jipismo, vinculándose, de alguna manera a Black Mountain Review, un grupo de poetas de vanguardia, liderados por Charles Olson y Robert Creeley, también conocidos como poetas proyectivistas, asociados en los años cincuentas al Black Mountain College de Carolina del Norte. Olson era partidario de una forma abierta de texturas poéticas improvisadas, producidas por el ritmo de la respiración y las frases entrecortadas, que en el análisis de la prosodia están marcadas por las pautas del silencio. Un habla que prácticamente no puede ser transcripta, sólo representada de manera abstracta en la frase. 

Arango fue profesor de lógica simbólica y filosofía del lenguaje en la Universidad de Antioquia, región donde  vivió el resto de su vida, en una casa de campo en Copacabana, acompañado por dos perros, una vaca y la incesante visita de sus amigos.

Tímido y desinteresado en la divulgación de su obra, (“tenía un silencio hospitalario cruzado de acordes sabios y oportunos –ha escrito William Ospina--, los destellos de una inteligencia del corazón que casi nunca se apresuraba a hacer juicios y que casi siempre entregaba verdades largamente pensadas y mas largamente sentidas”)- sería hoy desconocida si no hubiese hecho parte de la redacción de una revista, donde más que publicar sus versos servía de traductor[1].

Arango consideraba la poesía una suerte de indagación al fondo de la experiencia individual y colectiva, que llevando a cuestas nuestras concepciones del mundo, de las ideas y la historia, nos conduciría a las lindes de la gracia, o la sobrenaturaleza de Lezama Lima: fuerzas que se sienten ante la presencia de un árbol, un niño, un pájaro o el amor, ideas que había concebido y elaborado leyendo en Fernando González  [Envigado, 1895-1964], cuya vida y obra fue uno de los paradigmas de su existencia.

José Manuel leyó con enorme interés la obra del filósofo y la Revista Antioquia, debió inspirar a Elkin Restrepo y Arango en la proyección de Acuarimántima y sin duda de DesHora. En Notas sobre la poesía de FG, publicadas en El Mundo Semanal[2], sostiene que uno de los propósitos de la escritura de González era “acabar con la literatu­ra de palabras”, con “la intemperancia verbal y sentimental”, puesto que el envigadeño si tenía sentido de la palabra esencial y por ello sus textos son mas poesía que prosa. “¿Cuál será el criterio para el valor del estilo, del arte, sea cual fuere? La transparencia”, sostuvo González en El libro de los viajes. Sus libros preferidos eran La Celestina, el Lazarillo y El coloquio de los perros de Cervantes, donde transita un español “hermosísimo y prometedor”, distinto a ese “farolón, repujado, desarticulado de Góngora, Quevedo, Gracián y la revista ABC”. Una lengua transparente de tan desnuda, contraria, precisamente, al exhibicionismo que vulgarizaron los Nadaístas, amos de la publicidad. “Todos somos aquí publicistas: po­esía, filosofía, pintura, escultura, san­tidad pu-bli-ci-ta-ria. Todos somos poetas—periodistas y putas— periodistas”. González iba por el mundo, vislumbrando desconsuelos, “sacaba la libreta del bolsillo, dice Arango, y debajo de una ceiba o un pisquín, en la mesa de un café, escribía. Hacer un libro era pasar en limpio las libretas. Que no son diarios, no tienen el egotismo del diario. Son, más bien, anotaciones de viajero.” Una desnudez semejante al vacío, negación de la vanidad. Una prosa que al descomponer el yo nos hace vivir mas que pensar, ser sabios y santos. Autorretrato que dispone mientras hace homenaje a su maestro en Pensamientos de un viejo:

  Usa bordón de guayacán o guayabo.
        Todavía, con todo, es un viejo derecho y ágil.
        Quizá la mano tiemble un tanto, la mano de dedos nudosos,
        pero el bordón es sólo un resabio de caminante.
 
        La boina cubre la gran testa pelada.
        Cabezón pero infiel, así me parió mi madre.
        Algunas hebras canas asoman en la nuca, en las sienes.
 
        Dos rasgos, sobre todo, resaltan en el rostro magro:
        la quijada saliente y los ojos de una inquietud atenta.
        Van del sarcasmo a la inocencia, al gozo, a la duda.
        Ya estudian burlones a la gente que pasa.
        Ya se fijan, mansos y lúcidos, en las palomas.
 
        Y todo lo que ven es asunto de su lento monólogo,
        todo casa en la larga meditación que lo ocupa. 
        En ella cada cosa tiene un lugar y un sentido.
        Es una pregunta, una señal.
 
        Por ejemplo, esa muchacha que cruza. Una bella negra
        cuyo paso está hecho del ritmo que marca un tambor lejano.
        Lo oye en sueños o ebria. Camina, danza.
        Es Eva, de catorce años y medio.
 
        El viejo se apoya en su bordón, se detiene.
        Una sombra de triste avidez, de alegre avidez, le nubla la cara.
        En tiempos solía sorprenderse siguiendo a una muchacha.
        Dios es una muchacha, la muchacha de las muchachas.
 
        Esos senos duros, erectos. Pero no, no es dureza.
        Es elasticidad.
        Uno hunde el dedo en la carne y la carne se hinche de nuevo.
        Hermosa, es decir joven.
 
        Bah, puro misticismo, religión pura.
        Prédica de cura viejo, dijimos.
        ¿Qué podría enseñarnos? preguntó nuestra desconfianza.
 
        Vida, diosa de los ojos maliciosos.
 
        Nos pensó. Tuvo ojos para ver nuestro entorno.
        Conocía esta tierra.
        Una tierra como útero herido por el partero con la uña.
 
        Y esa forma suya de hablar, con vocablos redondos, duros.
        Uno sabe: esto es mío. Se reconoce.
        Usó para pensarnos el dialecto que hablamos.
 
        A veces saborea y saborea una palabra,
        una manera de decir oída en la niñez.
        Así se acaricia una teta de muchacha.
 
        Porque sabía ver, palpar, olfatear.
        Oler es el primer acto del amor.
        ¿No me deleito yo oliendo las cabezas de mis hijos?
 
        Es preciso, dijo, acallar la propia algarabía
        el silencio es una conquista, un fruto difícil—
        y quedarse donde lo coja a uno el amor,
        solo, despacio, paladeando, tocando.
 
        Y allá va la negra. Va erguida
        como si llevara en la cabeza un cesto de fruta.
        La cadera es exacta, el vientre justo.
        Es Eva, grávida ya de Caín.
 
        Porque el hombre, animal saltarín, animal triste,
        ¿de qué puede ser medida?
        Como útero herido por el partero con la uña.
        Sabe: pasó por el infierno y las siete soledades.
 
        Me gusta imaginarlo sentado a la sombra de su ceiba.
        Pondera el tronco, grueso y negro, como de un vigor antiguo,
        pondera las raíces retorcidas.
        Remira el verde de la hoja, tan tierno contra el tronco sombrío.
        Esta vieja ceiba es casi toda raíces.
 
        Y allá va la negra: senos altos, puntudos, que tiemblan al paso.
        Los senos, lo primero que se pudre.

Como la vida de Fernando González, la obra de José Manuel Arango fue un trazo al carboncillo de su época, el desgraciado tiempo que tuvo en la tierra, usando, precisamente, de esa lengua vernácula que había aprendido en su pueblo, con las palabras que salían de la boca de su abuelo y con las cuales, levantó una obra que rompe con la alharaca del Nadaísmo y sus banalidades propagandísticas. Palabras y giros prosódicos como muchacha amarga, una mujer en tanto, mide un jeme tal vez, toda ella está hecha para predar, con un solo ojo torvo, ¿qué ventea en sus calcañares?, el guayacán de copa ahusada, apalabrar, dos gajos cuelgan sobre el muro encalado, los arbustos entecos, el quiere responder y no atina, se dan al tiempo tragón, el girasol es un encono íntimo, la voz de los amantes enronquecida, adentro del vestido traslució el cuerpo negro,  un reguero blando jabonoso de flores, se añudaba gimiendo, camina bamboleándose de un lado a otro, el sueño rencoroso, etc., dejan una huella añosa y un sabor conocido, abriendo camino hacia esa poesía de la decepción que escribirán los desencantados.

Aun cuando parece que escribió desde muy joven, el primer libro de poemas de Arango se publicó cuando tuvo treinta y cinco años, justo en el momento cuando Medellín padecería la mas grande crisis económica y social de su historia y se convertiría en una de las ciudades mas violentas del planeta con altísimos índices de desempleo que hicieron que el narcotráfico fuera la alternativa ideal para salir de la pobreza. Narcoterroristas, sicarios y bandas delincuenciales hicieron del secuestro y los asesinatos de jueces, políticos y policías moneda corriente. Esa es la ciudad que conoció el poeta ya entrado en su madurez. Arango, que había militado en su juventud en el Partido Comunista, sabía que su poesía no podía ignorar lo que sucedía en su entorno. De ahí que su obra sea, a pesar de la frecuencia de aves, árboles y paisajes en ella, un retrato áspero y cáustico de la ciudad.  Un entramado de signos, donde el ojo revela lo que los otros no ven: el poema, la epifanía del verso.

  La ciudad: un desierto dorado
       
por la luna
       
las calles
       
son las líneas de una mano
       
abierta
 
       
En algún lugar alguien lee
       
un libro extraño como el silencio
 
       
Ese rostro, la llama móvil
       
que lo multiplica: los ojos
       
que sostienen en vilo
       
la plaza desierta
 
       
Una mujer en tanto
       
con el pelo revuelto
       
y los rasgos quebrados
       
borrosos del sueño
 
       
habla: grita
       
palabras olvidadas
       
y la boca se le llena de sombra
 
       
mundos de hielo
       
crujen
       
y se derrumban
       
en el origen de sus terrores
 
       
Por la avenida de farolas
       
las copas de los cauchos
       
me tiemblan
 
       
con un temblor de plata
       
bajo el viento, bajo la luz
       
blanca
 
       
el índice entre el libro, ahora
       
cerrado, no señala
 
       
Cerca de la ventana iluminada
       
un aleteo roza el muro
       
de piedra
 
       
la mujer sueña
       
sueños tranquilos
 
       
y en el silencio, extraño como un libro
       
también la ciudad es un texto.

[Texto]

Este lugar de la noche fue un volumen disímil, desordenado, tipográficamente mal distribuido y con descuidos sintácticos, editado en una vieja prensa de tipos que tenía Fernando Granda, un grabador que había vivido durante la revolución cultural en Beijing y que en Medellín creó la Editorial Oveja Negra, que luego editaría y piratearía la obra de García Márquez, de la mano de José Vicente Kataraín. Granda cobró a Arango cinco mil pesos por los trescientos ejemplares de sus poemas. Pero en ese librito maravillaba el tono. Allí, en esa ciudad, el poeta, abandonado de si por transcurrir el mundo, va por las calles recogiendo sin descanso desvelamientos: un grupo de ciegos cantan con una voz que parece su ceguera, un edificio se ha derrumbado, la sombra de un árbol se doblega contra un muro, el lomo de una trucha nos dice que vivimos:

  En la carnicería cuelga el tronco de la res desollada
 
        como un fuego vegetal,
        por la cara sombría
        de las vendedoras de flores
        rebrilla el rojo de las rosas.
 
        Entre el griterío cantan los pájaros
        y la cáscara de plátano se tuesta bajo el sol de la tarde.
 
        Bachué, señora del agua, enséñame a tocar
        la fina pelusa bermeja del zapote,
        a ver la sal brillante en el oscuro lomo de la trucha.
 
        Vestido con el pelo de las bestias,
        los pies cubiertos de un retazo
        de piel de toro,
 
        me detengo junto al baldío
        donde el verde fértil de la maleza
        afirma, en el corazón mismo de la ciudad
        una pervivencia salvaje.

[Baldío]

Aun cuando una buena parte de su poesía está dedicada al erotismo,  sus textos son una mano que toca la piel de la mujer, más que actos amorosos o fornicaciones. Arango se complace en recrear el ojo sobre el talle de una negra, o los labios de una mulata, y es raro ver en sus versos alguna muchacha mestiza o blanca.

Arango se ha ocupó también de bosquejar a los extrañados, los abandonados, los solitarios, pintando la ruina de la vejez:

  Sentados en círculo,
        el rostro cerrado por enigmática
        sonrisa
        los sordos
        hacen signos extraños
        con los dedos
        y cuando la oscuridad
        es silencio
        oyen
        con la cien en el puño
        sus pensamientos.
 
        Atroz vigilia de los sordos,
        en sus cráneos
        los silenciosos hundimientos
        de los valles del mar.
        Los ojos
        dolorosamente
        abiertos.

(Asilo)

Pero si algunos de sus poemas remontaran el destino del tiempo, sin duda serán aquellos que dedicó a la violencia estatal y paramilitar de los años ochentas y noventas. En una entrevista, concedida a Cristóbal Peláez, hizo referencia a la época que vivía:

 

“Cuando uno vive en una cultura de la violencia, una cultura de la muerte uno no sabe qué hacer, cómo escribir. Todo puede llevar a un tono de pesimismo, de desaliento, una voz que sigue ahí hablando de muerte. Todas esas cosas se les deberían dejar a los noticieros y uno tendría que escribir a pesar de todo, poemas felices. Mostrar un mundo diferente. Pero ¿no sería también caer en idealismos blandos, en posturas vacilantes, en una actitud de vacío. […] Estamos metidos en una atmósfera de muerte y hay que reaccionar.”

Uno de los poemas de Montañas (1995) destiñe el goce del cuerpo al verse rodeado de cadáveres, una danza macabra:

  Sí,
        tocarte.
        Pero todos esos muertos rondando.
        Sus sombras oscurecen los vanos de las puertas.
        Son una algarabía silenciosa.
 
        Te desnudas y ellos te miran,
        todas esas calaveras mironas.
        Te rodean, se apiñan
        en torno tuyo.
 
        Alzo la mano para acariciarte.
        Y los muertos acuden,
        manotean sobre tus pechos.
 
        Pongo mi mano en tu cintura.
        Y ya, debajo de la mía,
        hay otra mano.
 
        Tantos muertos.
        Y qué hacen aquí,
        quién los ha invitado.

[Hora]

Y así como la realidad fue degradando la vida, la poesía de Arango llegó incluso a la absoluta desnudez:

 

“Vendados y desnudos fueron pateados en el vientre y los testículos, fueron colgados de las manos atadas a la espalda. Les enterraron agujas bajo las uñas. Les metieron palos y tubos por la boca. Los sometieron a simulacros de fusilamiento. Los privaron de alimentos y de sueño, obligándolos a permanecer de pie día y noche, desnudos. Les aplicaron choques eléctricos. Los sumergieron en charcos de agua helada.”

 

Y el remedo, obsceno, de la caricia:

 

Me agarraban los senos y los torcían y jalaban como si quisieran arrancármelos

Obdulia Prada de Torres, c.c. 20.299.097 de Bogotá.

Y el remedo siniestro de la cópula:

“Otra vez me obligaron a punta de golpes con un fusil a abrir las piernas a tal grado que sentí descuartizarme”.

Como si se aborreciera la vida.

 

[1] En Acuarimántima publicó traducciones de Georg Tralk, Thomas Merton, Kenneth Patchen, Philip Levine y Osip Mandelstam. Tradujo también El solitario de la montaña fría, de Han-Shan (1994).

[2] José Manuel Arango: “Notas sobre la poesía de Fernando González”, Medellín, El Mundo Semanal, n° 482, sábado 11 de febrero de 1989.

Harold Alvarado Tenorio