Giovanni Quessep

1939

Al publicar en 1972 uno de sus libros capitales, Duración y leyenda, Giovanni Quessep (San Onofre, 1939) puso como epígrafe unos versos de Antonio Machado que resumían su postura poética:

  Canto y cuento es la poesía
        se canta una viva historia
        contando su melodía.

Se formulaba, así, la tradición y la ruptura que iba a ser el signo de los poetas de los setentas, mejor conocidos como Generación desencantada. Tradición pues Quessep representa el retorno a ciertas concepciones del poema que parten del Nocturno de José Asunción Silva y tienen su cumbre en Morada al Sur, de Aurelio Arturo. Unas temáticas y tonos ciertamente muy colombianos, si es posible la existencia de ellos. Narración y leyenda que venían igualmente de Jorge Luís Borges, a quien también leyeron todos los poetas de los setentas. Para el Giovanni Quessep de esos años la poesía, Flor de Loto, era la consubstanciación de otras posibles realidades que se opondrían, mediante la encarnación de las leyendas y las fantasías del hombre, a un mundo de crueldad y miseria y hambres que es la historia del hombre. Un mundo hecho de la derrota del hombre por los dioses. Pero dueños de las palabras para librarse de esas desdichas. Apolo y Dionisos presiden con toda su fuerza y equilibrio esta poesía. El fuego y el canto de Orfeo también, pero siempre la duermevela del ensueño conduciendo la vida y lo real.

Giovanni Quessep ha urdido con Homero, el oriente, Dante, la rosa, el ruiseñor, Shakespeare, Alicia en su país de maravillas, Omar Kayyan, Babilonia, China, Biblos, Darío, Borges, Penélope, Orfeo, Violeta y Claudia  un artilugio que se sostiene con los arquitrabes del soneto, el endecasílabo, el cuarteto, la canción, el madrigal, la elegía o el verso libre, para hacernos “creer que el  poema debe ser una metáfora del alma: metáfora de sus maravillas y de sus terrores, de sus cielos y de sus abismos, esto es, la transfiguración de la realidad, lo que no constituye el olvido de la misma, sino su afirmación más profunda. Aun el yo lírico es del reino de las fábulas”.

Casi nada sabemos de la vida de Giovanni Quessep Esguerra, nacido en un olvidado pueblo de la costa norte de Colombia, al que sólo podía accederse por mar, desde un pequeño puerto llamado Verrugas, adonde llegaban los viajeros sobre la espalda de los descendientes de esclavos y en barcos de vela emprendían una odisea de mas de cuatro horas para llegar hasta Cartagena o hasta Tolú, donde al fin podían tomar algún vehículo para continuar la marcha. El padre del poeta, aun cuando nació en Cartago, en el Valle del Cauca, fue llevado a la edad de dos años a la tierra de sus padres, el Líbano, donde permaneció hasta los veinticinco años, cuando regresó a Colombia como empresario de cine, proyectando filmes en los desolados pueblos de Sucre corriendo peligros de muerte al enterarse, los espectadores, que los actores de las películas no habían muerto en la cinta anterior y seguían vivos en la que estaban viendo. Las películas de vaqueros dejaron huella en la imaginación del vate, así como las durezas de la vida cotidiana en esas regiones de olvido, cargando por largos trechos vasijas con agua o buscando la leña para la comida. Y la violencia.

“Un once de junio, recuerda Quessep, día de San Onofre, los curas del pueblo que eran alemanes e italianos se opusieron a salir en procesión y entonces las gentes rompieron todas las imágenes menos las del santo patrono. […] En San Onofre vivía un italiano llamado Luigi Sarsarulu, tenía una bella casa a la entrada del pueblo, con muchos objetos preciosos y un dia estaba elevando un barrilete con su hijito y la policía llegó hasta su casa y le dijo que estaba prohibido elevar barriletes y como Sarsarulu intentara sacar una pistola el policía le disparó con su fusil y cuando el italiano caía sobre él lo abrió con una bayoneta de arriba abajo […] Días después en ese año 49 la policía atacó nuestra casa, arrojaron los muebles al parque de los almendros y tuvimos que irnos a Sincelejo a casa de mis tíos…”

Los libros que Giovanni Quessep frecuentó en su niñez y juventud fueron la Comedia del Dante, que le obsequió Gabriel Porras Troconis, por ser buen estudiante en el Colegio San Pedro Claver de Cartagena cuando tenía diez años; el Quijote y Las mil noches y una, que conoció a través de un hermano de su madre, en una versión de Enrique Gómez Carrillo de la traducción de Antoine Galland profusamente ilustrada. Poeta inspirado, Quessep escribió su primer poema a los catorce años, ceñido a los metros y las rimas que tanto conoce. Al llegar a Bogotá para continuar sus estudios hizo amistad con Aurelio Arturo y asistió junto a Jorge Gaitán Durán a los cursos que ofrecía don Jorge Guillén sobre la poesía del siglo de oro y la generación de 1927. Arturo le haría conocer a Ludovico Ariosto. Luego irá a Italia, donde aprendió la lengua de Dante. Vive en Popayán hace casi treinta años, exiliado, prácticamente.

“Si la poesía colombiana ha vivido generalmente en y del vacío, si con muy contadas excepciones ha desdeñado la inteligencia y olvidado la cultura, entendida esta no como un saber erudito, sino como un asunto conflictivo, como el producto de nuestros trabajos y ese desgarramiento que significa realizarlos, escribió Cobo Borda, Quessep se ha situado en mitad de tal disyuntiva: allí donde le será necesario negarse a sí mismo, en su integridad, para alcanzarse a si mismo, en su plenitud.”  

Harold Alvarado Tenorio