100 años de Poesía en

Colombia

“En los artistas y poetas de Colombia hay un fatal divorcio entre su expresión y las raíces de su pueblo.”

Waldo Frank, Baldomero Sanín Cano, Revista Babel, nº 59, Santiago de Chile, 1951.

“Siempre me ha sorprendido el extraordinario poder de simulación y confabulación del colombiano. Se comprende entonces por qué en general nuestros poetas sean tan malos.”

Jorge Gaitán Durán, Diario, 1952.

«No podía esperarse otra cosa de un ambiente donde para hacer carrera hay que cumplir inexorablemente ciertos requisitos de servilismo, adulación e hipocresía y donde ingenuamente las gentes confunden estos trámites, esta ascensión exacta y previsible, con la política. […] Resulta significativa la frase que un político de las nuevas generaciones usa a menudo: Voy a cometer mi acto diario de abyección, fórmula que exhibe la decisión -en otros casos furtiva, de obtener a todo trance un puesto de ministro, de parlamentario, de orientador de la opinión pública, en fin, de ser alguien, de parecer.»

Jorge Gaitán Durán, La revolución invisible, 1959.

“Tierra de copleros y serenateros, Colombia es un país cerrado para la poesía moderna”.

X-504, 50 años de atraso en poesía, 1960.

“La poesía era el primer escalón de la vida pública y se podía llegar hasta la presidencia por una escalera de alejandrinos pareados. Se dirá que todo aquello era anacrónico y absurdo, pero fue una vocación nacional, un modo de ser espontáneo, una inclinación que nos dio carácter internacional, aun pintoresco. Esta tradición se hunde de repente, como la Atlántida, en un cataclismo que no deja ninguna señal.”

Alberto Lleras Camargo, El primer gobierno del Frente Nacional, 1962.

“En Colombia el oficio de escritor está tan prostituido y tergiversado que se llega a designar como tales a éste o aquel por el hecho exclusivo de que proclame una determinada consigna política.”

María Mercedes Carranza, Eduardo Cote entre la vigilia y el sueño, Razón y fábula, nº 18, 1970

“Es difícil imaginar hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética, otro modo de ser, una bola de candela que andaba de su cuneta por todas partes. Abríamos el periódico, aun en la sección económica o en la página judicial, o leíamos el asiento del café en el fondo de una taza, y allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo de nuestros sueños. De modo que para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas”.

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Bogotá, 2002.

 

Hasta bien entrado el siglo XX la poesía “colombiana” siguió obedientemente los dictados del romanticismo hispánico y el modernismo rubendaríaco, en dos de sus mejores exponentes, Julio Flórez [1867-1923] y Guillermo Valencia [1873-1943], los poetas de la Guerra de los Mil Días, cuando durante tres años en los campos y las ciudades cientos de miles de hombres dejaron viudas y huérfanos a cientos de miles de mujeres y niños. Flórez lloró a las amadas infieles, los despojos mortales de los sacrificados y el alcohol, mientras Valencia tallaba en versos de mármol el dolor de la existencia y las heridas del pecado de la carne. Desde entonces el poema “nacional” es Flores negras:

Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
y en el fondo de esta alma que ya no alegras,
entre polvos de ensueños y de ilusiones
yacen entumecidas mis flores negras.

Ellas son el recuerdo de aquellas horas
en que presa en mis brazos te adormecías,
mientras yo suspiraba por las auroras,
auroras de tus ojos,  que no eran mías.

Ellas son mis dolores, capullos hechos;
los intensos dolores que en mis entrañas
sepultan sus raíces, cual los helechos
en las húmedas grietas de las montañas.

Ellas son tus desdenes y tus reproches
ocultos en esta alma que ya no alegras;
son, por eso, tan negras como las noches
de los gélidos polos, mis flores negras.

Guarda, pues, este triste, débil manojo,
que te ofrezco de aquellas flores sombrías;
guárdalo, nada temas, es un despojo
del jardín de mis hondas melancolías.

[Julio Flórez]

Luego de la pax romana impuesta por los vencedores, en plena postguerra un iluminado trató de cambiar el estado de cosas y propuso una república liberal que nos dejara a las puertas del progreso. Alfonso López Pumarejo intentó durante dos gobiernos transformar a Colombia en una nación moderna y democrática y fue entonces, cuando en esa caja de Pandora,  surgieron León de Greiff [1895-1976],  Jorge Zalamea [1905-1969], Aurelio Arturo [1906-1974] y el basilisco que sumiría el país en otro baño de sangre, donde tienen origen todos los males que padecemos.

Alberto Lleras Camargo dio la espalda, desde dentro, a la Revolución en Marcha de López Pumarejo, causando el crimen de Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de Abril de 1948, y con su simpar complejo de inferioridad ante los norteamericanos y su modelo capitalista, extrajo de su manga e impuso a la nación, en medio de una guerra civil que dejó mas de 300.000 muertos, el Frente Nacional --[una componenda política y electoral entre liberales y conservadores vigente entre 1958-1974]-- que deshizo los partidos, erigió la corrupción como instrumento de gobierno y obligó a las clases medias y obreras a buscar en el transgresión, la fechoría y la guerra de guerrillas, las únicas formas posibles de subsistencia.

Musicólogo, ajedrecista y mago de los números; alto, hercúleo, rojizo, barbado, con sus trajes deshilachados y los bolsillos repletos de papeles, con burla e ironía, olvidadas sintaxis, palabras envejecidas, neologismos y arcaísmos, León de Greiff  urdió otras galaxias, verbales y mágicas, donde sobrevivir a las mezquinas realidades de los años de entreguerras. Escéptico y sensual, levantó un universo de fantásticos personajes, con su flora y su fauna, y un lenguaje irrepetible para celebrar las cosas y los seres de ese mundo ilusorio.

Voraz lector y dueño de un carácter sin par, Jorge Zalamea participó al lado de Gerardo Molina, Diego Montaña Cuellar y Jorge Gaitán Durán [1924-1962], en la revuelta popular contra el asesinato de Gaitán, exiliándose luego en Buenos Aires, donde publicó El gran Burundú Burundá ha muerto, -una deslumbrante sátira poética contra los tiranos- e hizo valiosas traducciones de Perse, Valery, Sartre, Eliot o Faulkner.  Sin el tono de Zalamea mucha de la narrativa de García Márquez, Rojas Herazo, Zapata Olivella, Álvarez Gardeazábal y otros sonaría a sordina.

Aurelio Arturo, que llegó a Bogotá en el lomo de un caballo desde su lejana provincia del sur, publicó Morada al sur, trece poemas que le han convertido en el poeta elegíaco más estimado por los colombianos. Su obra, desconocida en vida, es recordada y repetida en voz alta por la juventud.

Luego de casi medio siglo de expectativas los intelectuales progresistas, los obreros y los campesinos que habían participado desde el fin de la hegemonía conservadora de los años treinta en las luchas populares, se encontraron sin futuro. Las fuerzas reaccionarias, los esquiroles y los oportunistas hicieron de las suyas negando cualquier posibilidad de acceso al poder a toda una estirpe, que conoceríamos como Generación de Mito, de la que hacen parte algunos de los más importantes intelectuales del siglo pasado, como Camilo Torres Restrepo, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero, Gabriel García Márquez Rogelio Salmona.

Expresión de las ideas, gustos, fobias y anhelos de esa generación, fue Mito, la revista que Jorge Gaitán Durán fundó a su regreso de Europa, luego de varios años de exilio. Una revista que como la española Laye, más que cuestionar llanamente los hechos políticos, sociales y culturales de su tiempo, mostró a los colombianos que había otros mundos y otras maneras de entender la realidad, más allá de la barbarie e ignorancia que les rodeaba, desde el poder y desde el fondo de la miseria de miles de compatriotas. En Mito publicaron Borges, Paz, Carpentier, Cortázar, Brecht, Luckács, Baran, Cernuda, Durrell, Navokov, Caballero Bonald, Genet, Sartre, Camus, Robbe-Grillet, Simon, Sarraute, Miller, Heidegger y se frecuentaron temas que interesaban a la juventud como el cinematógrafo, el sexo y las drogas, revelando los hilos que manipulaban la provincial cultural colombiana, mostrando sus deformaciones y vínculos con los sectores mas retardatarios de la iglesia, la clerecía y los partidos políticos.

Jorge Gaitán Durán con sus escasos treinta y siete años, ejerció un magisterio comparable al de Barral,  Gil de Biedma o Caballero Bonald,  el brasileño Ferreira Gullar o Juan Liscano, el venezolano. Gaitán Durán imitó  en su juventud los estilos y quizás hasta los motivos del piedracielismo carrancista, a quien insólitamente admiraba. Pero luego, cuando entró en comercio con la literatura francesa,  en especial con Camus, los cahiers fueron su principal ocupación y del ejercicio de esas reflexiones saltó a la poesía. Poeta de la existencia, es decir, de la consunción de la muerte a través de la vida, sus mejores poemas están reunidos en libros como Asombro, Amantes y Si mañana despierto.

Para 1958, cuando Gonzalo Arango [1931-1976] divulgó el primer manifiesto Nadaísta, Colombia era ya un país en ruinas. La dictadura de Gustavo Rojas Pinilla había concluido la tarea delicuescente de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez, mientras la clase dirigente se disponía a repartirse el presupuesto nacional y la libertad de asociación y expresión, de manera paritaria, en los futuros veinte años. La dictadura instauró el culto a la personalidad, la censura a la prensa, creó la Televisora Nacional como su principal instrumento de propaganda, asesinó estudiantes, voló barrios enteros con dinamita y masacró a sus opositores en corridas de toros.

Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, que inventaron el Frente Nacional, procedieron a desmontar la cultura colombiana desde sus mismos cimientos, y con la ayuda de un puñado de intelectuales de “izquierda” y el liberalismo, borraron primero la memoria colectiva, la historia y las literaturas, a fin de crear un nuevo estado donde los colombianos guardaran silencio, pasaran hambres inmemoriales, ningún pobre pudiese ir a la escuela y todo el país, pero especialmente las mujeres,  se sometieran al control de la natalidad. Lo que llevó a la creación de la más grande república del narcotráfico jamás imaginada, cuando una minoría de malhechores iba a elegir venalmente a Julio César Turbay, Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria Trujillo y  Ernesto Samper, cambiaría el centenario estatuto para no ser extraditados y serían los únicos capaces de desmantelar ideológicamente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia [FARC], haciéndoles socios.  A todo ello contribuyó de día y de noche, la batahola,  garrulería, el narcisismo, chabacanería y oportunismo de los adeptos de Gonzalo Arango. Entre 1956 y 1968, años de alza del Nadaísmo, Colombia vivió la más grande recesión  cultural de su historia.

El Nadaísmo fue el envés de Mito. Esta significaba la cultura, aquel fue la barbarie. Mientras Gaitán Durán publicaba la revista más importante que haya tenido Colombia, Gonzalo Arango y su pandilla quemaban libros, se endiosaban a sí mismos y servían de taparrabos y lameculos del Frente Nacional. Los nadaístas son hoy, con alguna notoria excepción, miembros del estatu quo y sus sacamicas nocturnos.

Autor del libro de poemas más notable de la segunda mitad del siglo XX, Jaime Jaramillo Escobar [1932], quien fungió como nadaísta junto a Mario Cataño Restrepo, Daido Lemos, Pablo Gallinazo, José Mario Arbeláez  y Juan Manuel Roca, concibió y redactó los cuarenta y cuatro desencantados textos de Los poemas de la ofensa [1968] a la manera de los versículos bíblicos, con un tono exuberante, rico y sentencioso, tiznado de ironía y quizás como exorcismo a los cotidianos apocalipsis que vivíamos entre el fango de clericalismos y leguleyadas restauradas por el Frente Nacional, cuando cada mañana cientos de hombres y mujeres campesinas eran acuchillados y mutiladas, entregados a sus dolientes con sus sexos en las bocas y los vientres abiertos.

Desde entonces, hasta sus libros más recientes, los argumentos que han interesado a Jaramillo Escobar bordean zonas como el regusto por lo mórbido, la vida errante y marginal, los climas tropicales, la exaltación de los comportamientos y formas de la belleza de la raza negra  y la burla y el sarcasmo de las pasiones eróticas. Los decorados de estos asuntos serán unas veces lugares de miseria y ruina, abandonadas estaciones de ferrocarril, viejas y empolvadas y mugrientas oficinas estatales, prisiones, remotas playas paradisíacas y calurosos lugares de la selva y el mar Pacífico, que ofrecen al poeta una comunicación directa con el corazón y la medula de la poesía.

Paradójicamente, durante esos años triunfales del Frente Nacional, en medio de las rebeliones estudiantiles, una nueva generación de poetas surgía, principalmente, de las aulas universitarias como respuesta a la mascarada de los adeptos a Gonzalo Arango. Lectores de Borges, Paz, Kavafis, Cernuda, los poetas de la experiencia españoles: Ángel González, J.M. Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma y los colombianos Arturo y Jaramillo Escobar, los ahora llamados miembros de la Generación desencantada se refugiaron más que en sí mismos, en la cultura y las tradiciones que había roto el Nadaísmo. Fue en Aurelio Arturo, el elegíaco poeta ignorado y postergado por los ruidos del Piedracielismo y la fanfarria publicitaria de Álvaro Mutis, donde depositaron todas las apuestas de su futuro, que hoy ciertamente ha llegado.

Registros y movimientos que una novela de culto, Sin remedio, de Antonio Caballero Holguín [1945], ha dejado para la historia. Ignacio Escobar es la viva representación de esos nuevos poetas desilusionados, hijos o nietos de la oligarquía y la clase media, que asistiendo a la universidad viven aturdidos por una realidad que no terminan por entender y por ello se refugian en la poesía y sólo rinden culto a ella. Escobar recorre casi quinientas páginas pensando en la complejidad de la creación poética sometido a los vaivenes de una vida social inocua y frívola. Y sin embargo, como el protagonista,  los poetas desencantados cruzan las noches buscando amantes, se reúnen clandestinamente para conspirar con trotskistas y maoístas, visitan, luego, las oficinas de sus parientes funcionarios pensando en que podrán tener mañana un cargo público o serán, por qué no, embajadores y emisarios de la “cultura colombiana”.   A esa Generación desencantada pertenecen José Manuel Arango [1937-2002], Giovanni Quessep [1939], Elkin Restrepo [1942], María Mercedes Carranza [1945-2003], Raúl Gómez Jattin  [1945-1997]  y Juan Gustavo Cobo Borda [1948].

El triunfo del narcotráfico y la escalada de la guerra civil entre guerrillas y paramilitares ofreció a un sector de la inteligencia colombiana la oportunidad de entrar en escena con beneficios y resultados que nunca se habían conocido. En los primeros años ochentas se crearon La Casa de Poesía Silva y El Festival de Poesía de Medellín, dos de las instituciones que hicieron de la poesía el más grande espectáculo de nuestro tiempo. Filmes, videos, seriales de televisión, grabaciones, lecturas públicas, seminarios, todo ha servido para prorratearse los presupuestos municipales y de los ministerios. En ningún otro país del mundo ha servido la poesía tanto a los políticos de la guerra en su ejercicio del poder.  Y como nunca antes, la inopia de la poesía ha escalado hasta las profundidades de la ignorancia y ordinariez. Instrumentalizada y pervertida como oficio y como forma de vida, la poesía, sea colombiana o no, en Colombia ha desaparecido y no parece dar señales de vida en un futuro inmediato. Porque como nunca antes, distritos  y gabinetes, secretarias de cultura y empresarios del capital han invertido desmedidas sumas de dinero para hacer brillar la lirica como una joya más de la pasarela y del entretenimiento contemporáneo. Los poetas colombianos crecen ahora como palmas y desaparecen como cocos, según el criterio del manipulador de turno, d´habitude poeta él mismo. Hoy son más de medio centenar de vates  vivos y muertos  los que ostentan en sus faltriqueras más de un laurel del erario público, pero nadie, literalmente, nadie, recuerda sus nombres ni lee sus versos.   

Pero no todo estaba perdido. Entre los crímenes y la ignorancia, un puñado de escritores, nacidos, en su mayoría, en provincia, entre la segunda mitad del siglo pasado, [1953-1973], Antonio Silvera Arenas, Eduardo García Aguilar, Felipe García Quintero, Fernando Molano Vargas [1961-1998], Jhon Better Armella, Jorge García Usta [1960-2006], Mauricio Contreras Hernández, Miguel Iriarte Diaz-Granados, Orlando Sierra Hernández [1959-2002], Rómulo Bustos Aguirre y Toto Trejos Reyes [1969-1999], que conocieron en carne viva el maridaje de la frivolidad y las muertes atroces cuando el derroche y el consumo teatral y conspicuo fue paradigma de la vida social --[Mientras las mayorías entraban en la noche con una taza de agua de panela y unas astillas de yuca cocida por toda comida, demostrando que en Colombia había una novedosa manera de ser, habitando suntuosos chalets con zoológicos, amores pre pagados, aviones privados, salas de baño con albercas de oro y espejos de plata, políticos y ejércitos privados.]--, desoyendo las hienas que vociferaban que la poesía debía secar la sangre de los rios y romper las cadenas de las motosierras con la declamación de versos en estadios y bares, escribieron no pocas veces en foscos silencios algunos de los poemas que dan testimonio de una época atroz, cuando se cometieron cuatrocientos mil homicidios [Véase Nicolás Núñez, Violencia en Colombia, La Habana, 2004], fueron desplazadas de sus territorios más de cuatro millones de personas, ocupando paramilitares y guerrilleros cerca de millón y medio de hectáreas, con más de doce mil víctimas en unas dos mil masacres contra poblaciones desamparados y marginadas.

Es cierto que el hermano mató al hermano.
Con saña le arrancó los dedos, ay, uno a uno,
y después un ojo, el otro,
las valvas vueltas y extremas
por donde entraba la música del mundo
hasta hacer una perla de su oscuro corazón.
Tajó la lengua, los dientes,
el cuero cabelludo, cual apache,
y con una motosierra, que aún retumba en el aire,
desmembró su cuerpo exacto y único.

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Lo abyecto ocurre tras la pared
que tal vez separa tu casa del vecino:
la traición, la alevosía, el descaro
del político que tasa votos, vacas, café.
La más bella negocia sus gracias
por una portada en Vanidades.
 
Pero tú, sigue aún el ejemplo de la naturaleza:
haz con ello una nueva flor,
como el maestro de Francia.
No te rebajes a la barbaridad campante.
Naciste para el canto
y no tienes derecho a derramar
ni una gota de tinta: no tienes derecho
a mancillar la pureza de la página,
la pantalla traslúcida
de tu alma,
con el crimen, la ira y la procacidad.
                                                     

[Antonio Silvera Arenas]

Harold Alvarado Tenorio 2013