Ignacio Escobar


Urdaneta de Brigard

1943-1974

Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard [Bogotá, 1943-1974] fue el tardío hijo menor de una pareja cuyos antepasados se remontan hasta Teresa de Ávila y Calderón de la Barca, algunas de las esposas de héroes como Santander y el mismo Libertador, descontando su parentesco con José Eusebio y Miguel Antonio Caro y varios militantes en las guerras civiles. Hizo estudios en el Gimnasio Moderno con algunos ex presidentes y ministros del despacho, pero pasó buena parte de su juventud en la España del estraperlo y la Europa de las rebeliones estudiantiles o participando en fandangos en la capital de Colombia junto a miembros de la clase ociosa, mientras se intoxicaba de Nietszche, Schopenhauer, Sartre, Malraux y Camus, aun cuando sus ídolos literarios fueran Arthur Rimbaud, víctima de una putrefacción cuando había decidido abandonar la lírica, y el austriaco Robert Musil, autor de la interminable Der Mann ohne Eigenschaften, una reflexión sobre la crisis del racionalismo y la  búsqueda de una teoría del sentimiento que dé salida a las emociones atrapadas en un sistema asfixiado por la ciencia y la complejidad de la existencia. Otros libros que admiró fueron Ulises de James Joyce, la Odisea de Homero y Adán Buenosaires, del argentino Leopoldo Marechal.

Según las transcripciones de los extensos interrogatorios que se hicieron sobre el asesinato del poeta y los testimonios de Pedro Manrique Figueroa[1],  la rutina de Escobar desde su regreso de Europa incluía dejar, a eso del medio día, su pequeño apartamento en la calle 63 con Caracas, cuyo arriendo y servicios cancelaba su señora madre, Doña Leonor Urdaneta de Brigard.

Chapinero, que había sido a comienzos del siglo XX un lugar de casas art noveau diseñadas por Karl Brunner, con lotes de terrazas y balcones con balaustradas, jardines y huertas, era ahora un mare magnun de multitudes, tráfico, banderas, pasacalles, avisos de neón, ventas ambulantes de perros y chorizos calientes, casetas de comercio informal, mariachis y moteles que advertían la Chapigay de hoy.

Un sector opaco y depresivo en comparación con la dilatada villa de Doña Leonor, en  Santa Bárbara, al norte, donde cada sábado, con sus fieles tías seniles, primos de chaleco y tweeds, niños y perros se reunía para tomar onces. Luego iría a casa de otros frívolos y clasistas para darse unos cuantos pases de cocaína, deslizarse por el Goce Pagano antes de la juerga vespertina en alguno de los apartamentos de Rosales y ya entrada la noche, a El Oasis en la carrera trece con calle cuarenta para departir y discutir con sus colegas poetas, ligar con alguna trabajadora sexual de la zona y terminar en La Perseverancia, en una tienda de la esquina con insurrectos o partisanos del Chicó[2],  “narcisos y ensimismados cuyo interés primordial -por encima de la lucha de clases- era tener dominio sobre las hembras de la tribu” si confiamos en los testimonios del historiador de costumbres,  Mauricio Pombo.

Cuando Escobar Urdaneta de Brigard nació Bogotá todavía era la del celoso albañil que asesinó[3] a Jorge Eliecer Gaitán frente a las oficinas de El Tiempo. Un mundo de guetos ingleses llamados Parque Nacional, La Magdalena, La Cabrera, el Chicó o la inmensa hacienda de don Pepe Sierra, de casas rodeadas de jardines con altos árboles que habían sustituido las vetustas mansiones coloniales de Santa Bárbara y La Candelaria, convertidas ahora en tugurios donde escribían Aurelio Arturo, Gabriel Eligio García, Miguel Ángel Osorio, Luís Tejada, Arnoldo Palacios,  Manuel Zapata Olivella, Carlos Arturo Truque, Bernardo Arias Trujillo, Antonio Osorio Lizarazo o Carlos H. Pareja para quienes la poesía no servía mas para llegar a la presidencia, pero estaba en todas partes, porque se vivía bajo su sombra y se nutría de sus pasiones, porque siendo la capital del país y la sede del gobierno era sobre todo la ciudad donde vivían los poetas.

A comienzos de los años cuarenta apenas se sospechaba que aquel mundo copiado del celuloide desaparecería entre la mugre y el asco del infierno social de los primeros gobiernos del Frente Nacional. Los rancios bogotanos que no se parecían sino a sí mismos, con sus rostros encendidos por los licores de malta y el aire fresco de la sabana que recibían sobre la grama de sus haciendas y clubes sociales, vestidos con tenues colores que olían a picadura, o exhalaban un castaño, gris perla, vino tinto o amarillo de morriñas dignas de los bucles dorados y los ternos sastres de enormes hombreras de mujer que ingresaban a los salones de baile del Hotel Granada o La reina, donde las pasiones y las infidelidades se cocían en las voces de Agustín Lara y Elvira de los Ríos.

Todo iba a desaparecer para siempre. La voz de la cólera lo había anunciado en el Teatro Municipal; las sirvientas respondían cada vez más alto y los choferes no respetaban a nadie. “Mujer, si puedes tu con Dios hablar…” era ahora “soñadora, coqueta y ardiente”; el hijo del ex presidente se enriquecía a costa de las desgracias de una guerra lejana, y la palabra de los viernes retumbaba en Las Cruces, la Calle 10, la Carrera Octava, los cafés, los tranvías, la Plaza de Bolívar, la Calle Real y en la Avenida Jiménez los señores sentían el látigo del odio en las miradas y las voces de loteros y limpiabotas.

El 9 de abril de 1948 aquel mundo de bataholas y deleite ardió como Londres en La batalla de Inglaterra. Por todas partes cientos de miles de hombres, mujeres y niños descendieron hasta el corazón de Colombia para vengar la muerte de su líder rompiendo los inmensos espejos de los grandes hoteles, las rutilantes arañas de las lámparas, las cortinas de raso y las cajas de champan y llevar esos despojos hasta sus pobres casas y barrios periféricos. Con las banderas rojas y los machetes en alto todo cayó a su paso, todo fue saqueado, todo quedó oliendo a hierro y aguardiente, a piedra quemada mientras cientos de cadáveres se enfriaban de la vida bajo la persistente lluvia de la desdicha. “Uno podía pasar muchas horas frente a la ventana en espera de que algo ocurriera pero nada era distinto a la lluvia. Pasados diez, veinte años –escribió García Márquez—el espectáculo podía seguir siendo el mismo.”

Años de adolescencia oyendo a Elvis Presley, Paul Anka, Los Brincos, César Costa o Rocío Durcal, bailando twist, watusi, hula-hula, de vaqueros italianos y camisas de El Romano, cayendo por El Cisne al levante de una chica liberada entre luchadores de plaza como King Kong y El Exótico, teatreros, novilleros de alquiler, titiriteros y suicidas del puente de la 26.

A medida que Ignacio Escobar alcanzaba la mayoría de edad la ciudad se hizo amenazante y enorme, con dos millones de habitantes y un ejército de guaruras cuidando una clase insaciable de lucro, legiones de guerrilleros y paramilitares secuestrando y matando y cientos de miles de marginales dando quites de corrida de toros al hambre y la miseria. Asaltantes de bancos, burreros, cantantes, carteristas, colilleros, expendedores de manzanas, duraznos y uvas, falsificadores de esmeraldas y dólares, hampones, jíbaros, ladrones de bombillas, leprosos, libreros de revistas usadas, limosneros de pro, limpiavidrios, timadores, locas, locos, loteros, marchantes de botellas y periódicos, medidores del tiempo de los buses, putas, rebuscadores en canecas de basuras, reducidores de monturas de ojos y relojes, revendedores de boletos de cine y teatro, tapas de alcantarillas, teléfonos públicos, travestis, vagos de alcurnia y zorreros, eran los nuevos habitantes del mundo.

Entre los varios documentos descubiertos por los investigadores de la muerte de Escobar, hay una carta que el bogotano escribió a Corey Shouse, un periodista que parece haber colaborado con James Austin, autor de la convulsa A Limping Anthology: Colombian Poetry of the National Front. Hoy es la pieza fundamental para comprender las ideas que Escobar Urdaneta de Brigard tenía sobre la poesía.

“Entonces, con la ayuda de Juan de la Cruz tuve la idea –dice Escobar a Shouse—de retorcer la espiral narrativa al huso del poema ensayístico. Al cual di la forma ritual de la lidia de un toro, pues si a aquel atañe una vida de hombre, a este, toca la misma suerte de un toro en un coso: desde que sale al ruedo rehuyendo los capotes, hasta la muerte inevitable. Y entre tanto los tercios de la lidia, las intervenciones del matador, de la cuadrilla de picadores y banderilleros y del presidente de la corrida, los que barren la arena del ruedo, los monosabios que empujan los caballos y los espontáneos que caen sobre el ruedo cuando nadie los llama y, naturalmente, el publico.”

Sus intereses teóricos fueron de carácter sedicioso si aceptamos que confiaba en el Tao y las postulaciones oraculares del I Ching pues el arte sería consecuencia de los avatares de la existencia, como sugiere Titus Lucretios Carus en su epicúreo De rerum natura, al invitar, como Buda, a desatender los deseos y las pasiones pues son pozo de las desdichas individuales y colectivas para librarnos del miedo a la muerte, sacando en limpio el destino, huyendo para encontrarnos, pues estar vivo, nuestro mal, es sin remedio, como habría dicho Juan de la Cruz a Teresa de Jesús.

  Porque se pierde siempre
        [porque siempre
        vendrá la muerte, iremos a la muerte]…

Pero quizás la más notable de sus afirmaciones, incluidas también a lo largo del Cuaderno de hacer cuentas, es que nunca leyó en Walter Benjamín, una de las supersticiones teóricas de finales del siglo, sobre el cual escribieron varios tratados sus contemporáneos.

De lo cual podemos deducir que para Escobar la literatura fue, en últimas, divertimiento y formalismo, así en el extenso poema que le dio gloria se debata si la poesía debe servir para algo o alguien distinto a sí misma; si debe ser gratuita o mercenaria; si debe hacer prácticas cívicas o militares o ser mero adorno, bisutería de la vida cotidiana. Poblándose de tantos acontecimientos como para que el poema acabe siendo “comprendido” de tantas maneras como actores e intérpretes tiene antes y luego de la muerte del hacedor. Alonso Quijano, Escobar es víctima de su propio invento. La poesía, corrida de toros, le lleva a la muerte por querer hacer de ella instrumento de trapicheo de una realidad que es imposible mudar: las cosas se parecen a las cosas, repite la matraca de su canto, cuyo principio es la voluntad shopenhariana y cuyo fin es el sartriano compromiso social, porque la realidad, que es la indiscutible ficción, nos empuja, en sus ofuscaciones, al cambio de lo concreto en el momento preciso, como quiere Mao Zedong, leído por Escobar en El libro rojo:

“Estamos haciendo una guerra revolucionaria que se despliega en China. Por tanto debemos estudiar las leyes habituales de la guerra,  las leyes concretas de la insurrección y las aún más definidas de la guerra revolucionaria en China.”

Escobar parece entonces recordar el poema del vicepresidente Ye Chieng-ying, cuando Aplicando el marxismo leninismo pensamiento Mao Zedong, examinó la situación del mundo y rebosante de espíritu revolucionario escribió su poema --anti revisionista-- Contemplando desde la lejanía de los tiempos:”

  El tiempo pasa y el pueblo que sufre
        añora su veterano y memorable líder
        que murió hace ya mucho tiempo.
        La bandera roja desaparece de la tierra
        y se aleja de ella
        cuando los zamuros vuelan en el cielo
        como si fueran ocas que vuelven a casa.
        Al fondo de la historia
        hombres y mujeres con arcos y flechas
        luchan contra el terrible tigre
        y entre las palmeras y con puñales en mano
        los hombres darán muerte al dragón.
        Como Liu Piao y su amado hijo,
        quienes controlan la tierra son cerdos y perros.
        ¿Cómo derrotar al enemigo y cambiar la situación?

Es a partir de estas tesis que Escobar Urdaneta de Brigard compone La Bogoteida, anuncio de su gran poema:

        Ciudad hecha de sangre derramada
        que al septentrión devora la pradera;
        ciudad de sangre, en sangre amortajada;
        ciudad que arroja sangre y sangre encierra;
        ciudad ensangrentada y desangrada
        en sórdida, secreta, sorda guerra:
        al Sur o Meridión, la plebe hambreada
        de todos los malditos de la tierra;
        al Norte o Septentrión, la oligarquía
        rodeada de guardianes noche y día.
        No cantaré del Norte las bellezas
        pues la belleza injusta es vil patraña:
        el lujo, la opulencia, la riqueza,
        pueden cegar, pero jamás engañan.
        Voy a cantar el Sur y su pobreza,
        sus trucos, y sus artes, y sus mañas:
        el Sur de los sufridos bogotanos
        que tienen muchos pies y muchas manos.

        *****************************************
        Ranchos de cañas y cartón (techos de encaje
        que dejan colar el agua, el sol cuando hace sol, el viento).
        Que permiten
        (en el hacinamiento)
        apenas las delicias pasajeras del arrejuntamiento
        - y después, claro, un hijo más.
        Allá no llegan las rosas
        ni el oro (o sea la plata) que sirve para comprar las rosas:
        el oro, cerrado prodigio (es decir, ajeno)
        (como todo lo bueno)
        cuyo producto (el de las rosas: pues las rosas se venden)
        sirve a los ricos para pagar una amenaza:
        celadores y policías
        (brazos armados de la burguesía),
        perros guardianes, hombres con escopetas y collares de púas,
        para desalojar a los pobres que han hecho su rancho en tierra
        ajena, obviamente
        (como toda la tierra).
        Las delicias de la vida son suyas, allá, al norte.
        Y saber desde el sur que todo eso existe es un suplicio:
        el suplicio de Tántalo.
        Por todo eso, guerra
        por la tierra
        ajena
        (buena, que pone fin a nuestra pena)

Escobar Urdaneta de Brigard fue asesinado, luego de un robo a su apartamento y días después de las elecciones del 19 de Abril, a la salida de una corrida de toros en Zipaquirá, por un miembro de las fuerzas secretas del régimen, el coronel Aureliano Buendía, acusado de haber participado en el secuestro de uno de sus tíos, el banquero, criador de vacas Holstein y ex ministro, Foción Escobar Urdaneta de Brigard.

Cuatro lustros antes, Alfonsito López Michelsen había publicado en México un verosímil retrato sobre su clase social. Ignacio Escobar dejaba ahora en su desolado piso de Chapinero un abigarrado y grasiento manuscrito de casi mil folios donde representaba sus afugias sentimentales e ideológicas al tratar de componer un poema que concluiría un par de días antes de su fallecimiento.

Ya para entonces y como ha demostrado Daniel Balderston en su estudio comparado de las vidas de Ignacio Escobar Urdaneta e Iliá Illich Oblómov[4]  tanto el bogotano como el ruso sufren el mal de los intelectuales del siglo de las revoluciones: una suerte de spleen o desánimo, inconexo y fantasmal que les impide relacionarse con el mundo de los otros, la cargante realidad del día a día, padeciendo una discontinua y vana lucidez sicotrópica que abandona a todos los que pudieron amar y comprenderle, porque su narciso, como debe ser, sólo concibe la gloria en el arte, en la construcción del poema, estatua de la posteridad, tanto que antes de morir le importa un bledo le roben, no tenga donde dormir, no pueda afeitarse, ni lavarse los dientes, ni tomar café; una desolación, atributo de ese desencanto elegido para llegar al nirvana del poema, donde nada más atañe, menos saber que la vida es un pozo de mierda asediado por los otros, nuestros habituales  enemigos.

Ignacio Escobar creó el concepto Generación desencantada para aplicarlo a un puñado de sus contemporáneos hastiados de la garrulería de los prosélitos del Gonzalo Arango Arias. Escobar es el arquetipo de esos individuos que, -- atrapados en las doctrinas del Frente Nacional que al erradicar la historia borrando la memoria colectiva, sumieron la nación en una pesadilla de corrupción y guerras de exterminio,-- empujando a vastos sectores de la inteligencia en brazos de unas sectas, denominadas partidos de izquierda, donde sólo encontraron hembras, machos y desolación como compensación al rechazo de los ritos de sus familias burguesas y la impotencia que agravaba sus neurosis. Escobar, como sus compañeros de viaje[5], es un escéptico que no puede compartir unos valores que no siente suyos, ni puede, ni quiere, romper con las commodities que le deparan ser un rico protegido por una clase simbiótica y posesiva que sobrevive  "en las fechas precisas de sus muertes, en los precios exactos de sus tierras".

No hay duda que Cuaderno de hacer cuentas, es uno de los textos memorables de la poesía llamada colombiana. Confeccionado a partir de las tesis de Arthur Schopenhauer: “No se conoce sino la propia voluntad, toda vida es esencialmente sufrimiento”, hasta nuestros días fue leído e interpretado de variadas y errátiles maneras, porque no había llegado el tiempo de su correcta elucidación, que tampoco nosotros ofreceremos. No olvidemos que el propio Escobar lo concibió como un poema de compromiso y creyó haberlo concluido como un lamento filosófico; que quienes le escucharon declamarlo en la Avenida 19 lo interpretaron como una opinión sobre la situación electoral de entonces y que el Coronel Aureliano Buendía, por la televisión, la noche que anunciaba la liquidación del terrorista Escobar lo presentó como un documento subversivo, en verso, pero cuyas claves eran consignas para una insurrección armada contra el gobierno de Misael Pastrana Borrero.

 

[1] Pedro Manrique Figueroa [Choachí, 1929- circa 1980] el inventor del collage vivió en el barrio La Perseverancia en una pensión de seguidores del presidente Mao Zedong mientras trabajaba en el tranvía de Bogotá, como celador del edificio donde vivió Eduardo Caballero Calderón o pegando avisos publicitarios en las paredes del centro. El crítico de arte Lucas Ospina Villalba ha realizado una exhaustiva investigación sobre su vida y su obra y ha realizado con un cineasta de Cali un documental sobre él titulado Un tigre de papel.

[2] Abel Carbonell, Amalia Iriarte, Arturo Alape, Aseneth Velásquez, Beatriz Viecco, Carlos Reyes, Clemencia Lucena, Diego Mantilla, Enrique Santos Calderón, Eutiquio Leal, Felipe Escobar, Felisa Bursztyn, Fred Kain, Jaime Barbín, Jairo Niño, Jefferson Calarcá,  Alí Triana, Jorge Elías, Jorge Ucrós, Alfredo Sánchez, Ernesto Lasso, Matilde Pérez, Patricia Ariza, Pedro Herrán, Ricardito Samper,  Ricardo Camacho,  Santiago García o  Umberto Molina.

[3] Véase Miguel Torres: El crimen del siglo, Bogotá, 2006.

[4] From Stepanchikovo to Chapinero: Souls & Poetry, Abulia & Oppression, Politics & Sex; Viking Press, Reikiavik, 1991

[5] Giovanni Quessep, José Manuel Arango, Elkin Restrepo, Raúl Gómez Jattin, Harold Alvarado Tenorio, María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda. Véase Una generación desencantada, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986.

Harold Alvarado Tenorio