Elkin Restrepo

1942

Poeta, narrador, dibujante, editor, grabador y profesor universitario, Elkin Restrepo [Medellín, 1942], aun cuando en su juventud hizo parte de la nómina ficticia del Nadaísmo, es uno de los más notables escritores de la llamada Generación desencantada. Creador y promotor de varias de las más prestigiosas revistas literarias de la segunda mitad del siglo veinte, con José Manuel Arango publicó Acuarimántima, Poesía y Deshora, actualmente dirige Odradek, la única dedicada al cuento y Universidad de Antioquia, notable por su longevidad y vigilancia de los destinos de la cultura y la ciencia entre nosotros..

Nacido en la Calle Lima, cerca de la iglesia de El Carmen, en el barrio Manrique, sus recuerdos de infancia se remontan a la Calle Pativilca, en la parte alta del Barrio Boston, cuando al subir a una tapia de aquella casa donde había existido una mina de oro, una de esas tardes bañadas de una intensa luz, en un reflejo sobre una vieja puerta cancel vio el paraíso, sintió la poesía, visible en lo invisible, como querían los románticos. Desde entonces Restrepo ha creído que los momentos más  nobles de la existencia los depara el poema y por supuesto, los estados místicos, como el que vivió cuando tuvo cinco años.

“La poesía, ha dicho en varias ocasiones, siempre nos está indicando que pese a su aspecto trivial o anodino, a sus momentos de opacidad, la vida constituye un hecho extraordinario y único y merece vivirse, que la vida es algo sagrado. Porque sin la poesía, inmortal y pobre, no advertiríamos el profundo sentido de todo, ni el misterio y la belleza de las cosas. Ignorarla, constituye nuestra mayor desgracia-“

Hijo de una pareja de campesinos de Titiribí y Sonsón que escasamente habían terminado la primaria, en plena adolescencia descubrió el cinematógrafo. El Cine Manrique se convertiría en el otro mundo de su juventud, donde vio todas las películas porque pensaba que el cine era mejor que la vida.

Cuando cumplió veintidós años, y estudiaba derecho en la Universidad de Antioquia,  el Magazine Dominical de El Espectador publicó cinco de sus poemas, que conocidos por Gonzalo Arango hizo le incluyera en una antología del grupo en El corno emplumado/The Plumed Horn, la mítica revista de vanguardia mexicana que hicieron Margaret Randall y Sergio Mondragón. Desde entonces su nombre aparecería en revistas como Eco o en publicaciones colectivas como ¡Ohhhh! o el volumen que en honor de Aurelio Arturo publicara Jaime Ferrán para la editorial Adonáis de Madrid, haciendo eco al calificativo que Álvaro Burgos había puesto a un puñado de poetas de varios de sus coetáneos en las Lecturas Dominicales de El Tiempo.

Uno de sus libros arqueológicos es sin duda Memoria del mundo [1974]. Hundiéndose en Kafka, los poemas inhumanos de este libro son símbolo de su pasado, pero no en relación con los otros, sino con la naturaleza; un mundo donde el gestor de la vida, el erotismo, está ausente y la palabra da cuerpo a imaginarias restauraciones de la infancia, y la constante meditación sobre la existencia, con cielos, rios, árboles y pájaros que devienen substancias de la muerte y la soledad; soles, lluvias, días y sombras de melancolía.

         “Nada inventa el mundo en este instante,
                un pájaro es apenas el presagio de otro día
                por volver sobre una y misma muerte….”
 
                “Precario a la crónica,
                el tiempo desluce en reino y sombras,
                duerme en la vida como una mentira…”

Calles, plazas, patios, muros, recuerdos, evocan en su plasticidad los filmes del neorrealismo italiano, los argumentos y las arquitecturas de Cesare Zavattini o de Sicca.  Un empujarse hacia el pasado negando el presente, un regreso a todo lo perdido sabiendo que ni espacio ni tiempo podrá recuperar todo aquello.

Ese es el corpus que resucitará una y otra vez en sus libros posteriores, en Retrato de artistas, Absorto escuchando el cercano canto de sirenas o el deslumbrante La visita que no pasó del jardín.

Retrato de artistas [1983] son una serie de poemas con nombres de actores,  hoy olvidados, en un momento límite de sus vidas, cuando el crepúsculo alumbra sus carreras y la vejez, la soledad, la enfermedad, las adicciones, el suicidio y la desilusión han tocado la puerta. Una poética de la desilusión, como llamamos aquí a este grupo de poetas que surgieron después de la alharaca nadaísta. Una prosopografía y etopeya de la existencia enmascarada en los rostros de luminarias de las cuales nada sabremos.

“Un territorio de desolación se extiende a la orilla de lo que fue la vida, dijo Eduardo Jaramillo de estos poemas. Cerca de un mar blanco y cruzado de pájaros, o bien en medio de la noche, en el centro del patio o asomados a una ventana, aquellos que alguna vez fueron jóvenes y celebres contemplan el ir y venir de las gentes o las aguas. No comprenden lo que les sucede. De pronto, como en un fade out, se disuelven los contornos de sus días de esplendor y se transfiguran en la razón de una penuria.”

Absorto escuchando el cercano canto de sirenas [1985], es un libro gris y punzante que radicaliza los argumentos y motivos del anterior y que, a la zaga de un yo que no acaba de indagar por el sentido de su contingencia, más allá de toda evidencia da testimonio de la muerte de toda ilusión. Caer para ser.

La visita que no pasó del jardín [2002], su mejor libro,  lidia con la experiencia mística de un hombre sin religión. Alguien, persona o personaje que por momentos cae en cuenta que el mundo le deja ver y sentir realidades profundas y misteriosas que dan testimonio de mundos infinitos y que el poema puede atesorar, epifanías, que pueden ser levantadas solo con las palabras del demiurgo que es un poeta. Una poesía que se hunde en la desesperanza porque lo cotidiano le asombra.

Verdades que salvan el fulgor de la aflicción, que dejan ver la fosforescencia que mora en cada perversión, y transfiguran la infamia en ensueño o desidia, todo ello confeccionado con un mundo alterado de sueños triviales, actos tan frágiles como la vida misma.  Un yo lírico ---horadando las alucinaciones de Borges y Kavafis-- que siendo consciente de su finiquitud hace caso omiso de su cercanía, porque sabe que la palabra, la voz definitiva, salvará del olvido. El resultado son aquellas luces que vio de niño mientras el sol golpeaba la rancia puerta de la casa donde habitaba el oro.

Restrepo también es pintor y dibujante y ha oficiado como editor. Desde los años de bachillerato se interesó por las leyes de la perspectiva, el sombreado, la representación y las virtudes del ejercicio continuado a que obliga el arte. Ya de mayor pudo visitar los grandes museos y luego se fue vinculando a los talleres de sus amigos pintores, donde ha hecho oleos y acrílicos, monotipias, grabados y dibujos. Pero su sueño es crear una editorial donde pueda hacer libros perfectos de bajo tiraje, fuera de circulación comercial que vaya creando una nueva realidad, que agregue seres al mundo, inmateriales y eternos como la poesía.

Harold Alvarado Tenorio