Piedra y cielo

1936-1942

Financiados en su totalidad por Jorge Rojas (Santa Rosa de Viterbo, 1911-1995), un acaudalado terrateniente aficionado al tenis, agente de licores de caña, bachiller bartolino y abogado javeriano quien fuera apenas titular [el indiscutible fue un protegido de Eduardo Carranza, compañero sentimental de su hija] de una casa de politiquería frentenacionalista conocida como Instituto Colombiano de Cultura [Colcorrupta], fueron dados a la imprenta entre septiembre de 1939 y marzo de 1940, siete cuadernos de “Piedra y cielo” de Carlos Martín [1], Arturo Camacho Ramírez [2], Eduardo Carranza, Tomas Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper. A quienes hay que agregar por derecho propio el poeta caucano Helcías Martán Góngora [3] que publicara por muchos años la revista Esparavel.

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 [1] Carlos Martín [Chiquinquirá, 1914-2008] hizo estudios de derecho y filosofía en la Universidad Javeriana, fue profesor de literatura y secretario del Colegio Boyacá, donde dirigió la revista Altiplano. Abogado del Ministerio de Educación y de Shell, fue rector del Colegio Nacional de Zipaquirá cuando Gabriel García Márquez estudiaba allí el bachillerato. En 1961 se trasladó a Holanda para trabajar en la Universidad de Utrecht donde se jubiló. Algunos de sus libros son Territorio amoroso (1939), Es la hora (1973), Epitafio de Piedra y Cielo y otros poemas (1984) y Hacia el último asombro (1991).

[2] Arturo Camacho Ramírez [Ibagué, 1910-1982] hizo estudios de primaria y bachillerato en el Colegio de la Presentación y La Salle y aun cuando hizo algunos meses de derecho en la Universidad Nacional se dedicó a la publicidad, el periodismo y la burocracia. En 1934 ingresó al servicio oficial como funcionario del Ministerio de Agricultura, luego sería secretario de la embajada de Colombia en Bolivia, secretario de redacción de Sábado y columnista de El Tiempo y otros diarios. Uribia, antigua capital de La Guajira donde vivió un tiempo es el escenario de Luna de Arena, obra teatral de Camacho Ramírez transmitida por la Radio Nacional. Recibió el primer premio del concurso de sonetos de la Revista de las Indias con Nada es mayor que tú:

Nada es mayor que tú, sólo la rosa
tiene tu edad suspensa, ilimitada;
eres la primavera deseada
sin ser la primavera ni la rosa.

Vago espejo de amor donde la rosa
inaugura su forma deseada,
absorta, inmersa, pura, ilimitada,
imagen sí, pero sin ser la rosa.

Bajo tu piel de rosa en primavera,
luz girante, tu sangre silenciosa
despliega su escarlata arborecida.

Nada es mayor que tú, rosa y no rosa,
primavera sin ser la primavera:
arpegio en la garganta de la vida.

En 1945 apareció Oda a Carlos Baudelaire. Vida pública, con fotos de Fanny Mickey hechas por Hernán Díaz, vio la luz en 1962 y Límites del hombre, en 1964. Sus Obras completas, con prólogo de Andrés Holguín fueron publicadas en 1988.

 [3] Helcías Martán Góngora [Guapi, 1920-1984] estudió la secundaria en Pasto y Medellín y en la Universidad Externado se recibió de abogado. Fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Caballero de la Orden de Alfonso X el Sabio, Grand' Croix d'Honner de la Orden Imperial Bizantina de Constantino el Grande, Profesor Honorario de la Cátedra Guillermo Valencia de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca, miembro de la Academia de Historia de Popayán y de la Sociedad Bolivariana de Colombia, miembro del Grupo Esparavel, cofundador de la Revista Vanguardia de Guapi, director y fundador de Esparavel, revista internacional de poesía, etc. Fue personero de Popayán, alcalde de Buenaventura, diputado a la Asamblea del Cauca, secretario de educación del Cauca, director del Teatro Colón de Bogotá y representante a la Cámara. Recibió el Vasconcelos, la Cruz de Santiago de Cali, Medalla Pascual de Andagoya y la Orden de la Independencia de Cali. Véase Mosses Harris: Image Structure in the Poetry of Helcías Martán Góngora [Washington, 1976]; Guido Enríquez Ruiz: Magia del agua y rito del silencio en la poesía de Martán Góngora [1977]; Manuel Briceño: El mar, esencia lírica de Martán Góngora; Fredo Arias de la Canal: El Poeta de la Sed [Cali, 1974]; José Sánchez-Boudy: La poesía negra de Helcías Martán Góngora; y Alfonso Martán Bonilla: La poesía de Martán Góngora, El negro en la poesía de Martán Góngora y Socavón de Helcías Martán Góngora, [Puerto Rica, 1989] etc.

Sonetos Españoles

1.
¿Por qué será que en castellana tierra
yo me pongo a soñar la tierra mía,
y al centro de la mar alzo la sierra
y en la montaña azul marinería?

En paz de amor puede encender la guerra
mi corazón con tácita anarquía,
hacer la noche en la mitad del día
y ser la sed que ante la copa yerra.

Pero tengo al final de esta llanura
una palmera para la ternura
y una clara verdad que me sosiega.

El alba crece entre mi humano limo
y cuando llegue el día de la siega
me entregaré a la luz como un racimo.

2.
España, estás en mí, como una espada
sobre el costado del amor abierto,
esquife anclado en el seguro puerto
de tu sangre en mi ser multiplicada.

Llego con la sandalia desatada
a la llanura y al sellado huerto,
y el corazón se suma a tu concierto
con un clamor de herida campanada.

En mi infancia de bosques te sabía
honda lección del cielo que no pasa
y árbol de luz para la sombra mía.

Hoy que te palpo con asombro ciego
comparto el pan que se doró en tu fuego
y habito en tí, como en la propia casa.

3.
Estos campos sagrados que me ofreces
cuando miro en la noche los collados
quedan en mi recuerdo iluminados
con olivos de luna y con cipreses.

Alza las torres como lentas preces
a los cielos por tí reconquistados
y no hay villa ni alcor donde no reces
entre un vuelo de arcángeles dorados.

Cruzas por mí lo mismo que un camino
y en tu casa de amor soy el cimiento
yo, el nómada sin tierra, el peregrino.

Me posees y labras sin fatiga
y en las viñas del Cid soy un sarmiento
y en el trigal de Dios soy una espiga.

4.
Tú me colmas, España, tú me habitas.
Mi soledad con tu presencia llenas
y a tu encantada cárcel me encadenas
con tus manos que inician margaritas.

A tu abismo de luz me precipitas.
Me levantas en todas tus almenas
y me salvas, al par que me condenas,
con tus palabras en mi sueño escritas.

Tú me llevas, España, de la mano
a través de los íntimos senderos,
lazarillo del hombre americano.

Y en este agosto del solemne estío
sueltas al surtidor de tus luceros
sobre mi sed de abandonado río.

5.
Déjame recordar en las mañanas
la teologal ciudad donde yo vivo,
a Popayán donde tu nombre escribo
con un abecedario de campanas.

Déjame que recuerde sus lejanas
torres donde tu Dios está cautivo,
que vague por sus calles pensativo
intuyendo tu rostro en las ventanas,

Con un clamor de Oscuros vendavales
diga también la tempestad de oro
la verdad de mis anchos litorales.

Que yo desde tus montes inmortales
uno mi voz al infinito coro,
como las sumergidas catedrales.


España, VIII de 1954

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Colombia acababa de inaugurar el gobierno de La Gran Pausa [1938-1942] de Eduardo Santos, antítesis de La Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, quien durante el primero [1934-1938] de los suyos quiso situar el país, a tono con las conquistas democráticas de la constitución republicana española del 31, mudando el estatuto colombiano del XIX en un  instrumento del Estado Social de Derecho con las teorías intervencionistas en boga, la obligatoriedad de las grandes empresas para pagar impuestos ajustados a sus ganancias, la utilidad pública de los bienes ociosos, la reforma a la tenencia de la tierra, el impulso a la universidad estatal y la educación laica y obligatoria, el derecho de la mujer a la educación, etc.

Si López Pumarejo había sido simpatizante del crecimiento de los sindicatos y defensor de la industria nacional, Santos se declaró contrario a las masivas confusiones de liberales y comunistas, partidario irrestricto del presidente F.D. Roosevelt y el Vaticano y por supuesto de la jerarquía colombiana. Un gobierno típicamente liberal, alejado de las doctrinas socialdemócratas del Lopismo, equidistante de los ismos [fascismo, franquismo, comunismo], pero apoyando, como gran burgués afrancesado que era, la educación de las elites y las iniciativas de Gerardo Molina como Rector de la Universidad Nacional; el marxista Luís Eduardo Nieto Arteta, autor de Economía y cultura en la historia de Colombia; José Francisco Socarrás, médico y sicoanalista, ideólogo de la Escuela Normal Superior de Colombia; o Luís López de Mesa, al tiempo que acogía un buen número de intelectuales republicanos que huían de la España de los nacionales franquistas.  

Esas eran las circunstancias sociales cuando a Jorge Rojas se le ocurrió promover los cuadernos de Piedra y cielo, santo y seña tomado de un libro de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), un andaluz amante de los asnos, neurótico y depresivo,  atribulado por la búsqueda de “la belleza” con el ejercicio de una posible perfección de estilo, vacío de los decorados de los epígonos del Rubén Darío que triunfaba en Buenos Aires, la metrópoli por excelencia del mundo hispánico, y de las catástrofes de cuerpo y alma del Surrealismo y las otras vanguardias. Una poesía de equilibrio, helada, equidistante de la misma existencia por situarse entre la tierra y el firmamento, entre la piedra y el cielo. La “estética”, “sencillez de los espíritus cultivados”, un decir, sin decir, que nadie supo nunca qué era:

  Esparce Octubre, al blando movimiento
        del sur, las hojas áureas y las rojas,
        y, en la caída clara de sus hojas,
        se lleva al infinito el pensamiento.

        Qué noble paz en este alejamiento
        de todo; oh prado bello que deshojas
        tus flores; oh agua fría ya, que mojas
        con tu cristal estremecido el viento!

        ¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
        en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
        echado en el verdor de una colina!

        En una decadencia de hermosura,
        la vida se desnuda, y resplandece
        la excelsitud de su verdad divina.

 

Hoy sabemos que poco tuvo que ver JRJ y su poesía con las circunstancias y aparición de los Piedracielistas. Lo cierto es que Eduardo Carranza,  publicista del grupo, luego de haber cortejado por años a Guillermo Valencia sin obtener recompensa alguna, optó por privilegiar la poésie maudit de Eduardo Castillo, “bañada de una tierna luz cordial, … temblando suavemente sobre nuestro espíritu.” ante las “recreaciones arqueológicas”  del parnasiano de Popayán. Valencia era, para el Carranza santista, modelo 1941, un poeta deshumanizado, un impasible arquitecto de la lengua, de espaldas a su tiempo. El Carranza que afanosamente quería congraciarse con Pablo Neruda sin acercase a Lorca, Alberti, ni Cernuda y menos a su ideología, ni compartir sus luchas; que apenas conocía la nueva poesía española a través de la antología de Gerardo Diego de antes del estallido de la Guerra Civil Española, no encontró mejor camino que hacer evidente su incapacidad para comprender la grandeza de una obra que era sustancia de la gran renovación de la lengua desde el mismo Cervantes, y que su propio autor menoscababa con sus ambiciones políticas retardatarias, puestas en circulación desde el mismo cambio de siglo. Hacía cuarenta o más años que Valencia había publicado Ritos, y nadie, ni Barba Jacob, Castillo o Leopoldo de la Rosa, habían podido remplazarle. Como los Nadaístas de los sesenta cubriendo de lodo la obra de Mito, Carranza se dispuso, con la ayuda de El Tiempo, no a borrar del mapa a Valencia sino a sepultar al gran Aurelio Arturo, su verdadero dolor de cabeza, haciendo fulgurar, día y noche, año tras año, hasta la misma hora de su muerte unas canciones que a la par del bolero, aspiraban a conquistar en vespertinas una muchacha, rica y sumisa, que les sacara con su herencia de la miseria y tristeza del mundo.

El Carrancismo, más que Piedracielismo Juanramoniano, fue un asunto de higiene sexual, como lo entendió la lucidez de Antonio García, para quien la “nueva poesía era un documento social de primer orden pues reflejaba un estado de insensibilidad nacional frente a los grandes conflictos humanos y un estado de hiperestesia frente a las cuestiones de índole amorosa”. Carranza, dice García, creía sus libros de versos “breviarios de amor” pues eran testimonio del hambre de sexo que imponía la dieta religiosa y sólo en la poesía todo podía darse y llevarse a cabo. “El predominio de la literatura erótica demuestra que nuestro erotismo es anormal” concluye. Lo que explica por qué el adolescente Gabriel García Márquez recién graduado de bachiller en Zipaquirá, viese la poesía por todas partes, como ha dejado consignado en Vivir para contarla.

Es difícil imaginar –dice Gabito-- hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética, otro modo de ser, una bola de candela que andaba de su cuneta por todas partes. Abríamos el periódico, aun en la sección económica o en la página judicial, o leíamos el asiento del café en el fondo de una taza, y allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo de nuestros sueños. De modo que para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas”.

Juan Lozano y Lozano dijo entonces que los poetas de Piedra y cielo eran el “síntoma disociador, débil, morboso, extraviado, decadente y erostrático” de una tropa cachaca y banal, desinformada y acrítica, que se daba cita en cientos de saraos de frac y disfraz, en una “arcadia de fiestas y doncellas al margen del planeta mundo” según Jorge Child. 

J.G. Cobo Borda, cuarenta y dos años después, sostuvo que los Piedracielistas confundieron  la poesía con el elogio a las reinas de belleza y “el conocimiento de nuestra situación con el fascismo”. Y agregó:

Lo verdaderamente grave fue su cobardía, su temor verbal, sus temores insípidos. No atreverse a ir nunca más allá de lo prefijado, no por la Academia, que jamás ha existido, sino por su propia conciencia conservadora. No ser capaces de combatir un enemigo que diariamente les hería. Se hablaba de realidad vital, de la huella profunda de la sangre, pero los versos jamás dijeron nada distinto a su nostalgia desvaída. Siguieron desgranando un paraíso perdido, sus doncellas demasiado esbeltas y como de humo; siguieron agitando la bandera, los ríos y el cielo de la patria porque al fin y al cabo tenían otra, pero todos estos elementos se evaporaron en una atmósfera excesivamente azul.”

Harold Alvarado Tenorio

Bibliografía