Antonio Llanos

1905-1978

En diciembre de mil novecientos setenta y ocho falleció Antonio Llanos. Tenía setenta y tres años, cuarenta de los cuales vivió entre el dolor y la locura. En los años cincuentas había comenzado a padecer una enfermedad que le impedía estar de pie; luego enfermó definitivamente de la razón, iniciando una héjira que comenzó en el hotel Alférez Real y terminó en el hospital San Isidro, luego de haber recorrido otras casas de salud y varios lugares de miseria. Así lo retrata un soneto de William Ospina:

      Adolfo lo vio un día en su trágico encierro,
            el cuerpo consumido, la razón fatigada,
            de los años radiantes un temblor, casi nada,
            una lumbre en los ojos tras las rejas de hierro.
            Sólo un anciano triste que hablando a solas iba
            por sórdidos pasillos de un hospital. Un viejo
            viendo morir sus rasgos en el brumoso espejo,
            musitando palabras: rebaños… preceptiva…
            Entre el horror y el tedio. El mundo parecía
            un pobre llano en ruinas con sótanos y puertas,
            y un destello del sol de las tardes desiertas
            dorando silencioso la jeringa vacía.
            Ni un lirio en las pupilas como poster consuelo
            para el que vio en el mundo su irrepetible cielo.

Con él fallecía el hombre que un refinado grupo de vallecaucanos consideraba su poeta; con él desapareció la atormentada figura que habiendo logrado equilibrados poemas para cantar el paisaje de su tierra, tuvo que recluirse en una ciudad que odiaba y le llevó a la locura. Según Octavio Gamboa:

“A los caleños de hoy es difícil explicarles cómo era su ciudad en 1930, cuando Llanos comenzó a publicar sus primeros versos y a hacer vida de poeta. Cali era una aldea de muros blancos y techos rojizos, tenía sólo cien mil habitantes mal contados, y su centro cultural más importante era el colegio de Santa Librada. Llanos decía entonces que en Cali no había con quién conversar, y cargaba en el bolsillo un busto de Dante; se sentaba solo en un café, y ponía el busto del florentino al frente. Con él dialogaba sobre la vida, la muerte, el infierno, el purgatorio y el paraíso.

Esta pequeña historia vale para ilustrar la oposición del poeta con el medio que le rodeaba, oposición acentuada por su conducta excéntrica, ya que él se creía un espíritu puro rodeado de traficantes y vendedores de especias. Esa oposición duró toda la vida, porque ya desde Baudelaire sabemos que las naciones producen grandes hombres muy a su pesar, como las familias. A cambio de la cicuta, nuestra sociedad le ofreció su equivalente moderno: el electrochoque.”

Nacido en mil novecientos cinco, hizo estudios en los colegios San Luís Gonzaga y Mayor del Rosario, y se dedicó al periodismo y la poesía, llegando a ser profesor de literatura y director de La Patria y Diario del Pacífico. En mil novecientos treinta creó Revista de Occidente y luego, junto a Carranza y Rojas inventaron el Piedracielismo. Llanos viajó por Centroamérica y visitó Chile, Perú y Madrid, donde fue cónsul por algunos meses.

Llanos creó en sus primeros poemas, publicados antes de mil novecientos treinta y cinco, un paisaje interior más que un retrato del mundo. Lo que permite agregar al paisaje real los deseos: un mundo exterior construido a su imagen y semejanza. Los títulos que dio a sus poemas son índice de esa torsión del mundo y conducen al lector hacia una huida del presente que es literatura, recuerdo de algo olvidado:

  Nada que turbe el casto sosiego de la hora.
        La brisa de la noche el tierno campo mueve.
        Ella cerca de mí. Sobre el seno de nieve
        La lumbre de la vida abre su blanca aurora.
        El verde campanario de la palma decora
        mi paisaje al momento del crepúsculo leve.
        Toda la miel del mundo en el pan dulce y breve
        y bajo el techo amigo la sombra acogedora.
        No decimos palabras para oír las del ave.
        El columpio del sueño que al espacio se lanza.
        mecido por la música de su canto es más suave.
        A veces nos unimos con ternura del brazo,
        o si el azul enciende su primera esperanza
        mi voz como la tarde se apaga en su regazo.

(Soneto eglógico)

Hay en ellos una constante: el mundo exterior es hermoso porque no sufre como el hombre, y sus mejores poemas quizá sean aquellos que como en algunos de Silva, el recuerdo busca un lugar donde la vida puede ser feliz. Esos textos dejan un amargo en la boca: la felicidad ha sido el lugar de las desdichas. Al lado de los mejores lugares de la casa, de los sitios memorables, la madre llora repasando su infancia. Este célebre poema es comparable, por el tono y el asunto, a los de Arturo, que por la época redactaba cercanas melodías:

  Tibia casa encalada donde mi padre un día
        me habló de las estrellas con acento de música,
        y se quedó mirando las montañas azules
        que sostienen los cielos en sus anchas columnas.
        Casa donde escribí mis primeras canciones
        a la niña visible entre el alma y la bruma.
        En tus muros colgaban los pájaros su nido.
        De lejos parecías una dorada cúpula.
        En los primeros versos que hablaban de las rosas,
        del agua y de las nubes mi voz era más pura.
        La doncella miraba hacia un jardín remoto
        donde las mariposas y los niños se cruzan.
        Casa de oro marfil donde lloró mi madre
        repasando su infancia hundida en la dulzura.
        En puntillas de noche llegaba hasta mi sueño
        y para oír su voz se callaba la lluvia.
        Yo cerca de su pecho pregunto por el niño.
        ¡Su tierno corazón tiene un rumor de cuna!
        La tarde pasa en ella como un cielo de arroyo
        en que los ojos ven las estrellas desnudas...
        Hay casas que mantienen la sombra de los árboles
        y cuando nace un niño los luceros las buscan.
 
        El vuelo de los años las carga de silencio
        y dulcemente el aire aprieta su cintura.
        Te construyó mi padre con trabajo amoroso.
        Rodembadh, el cantor de las casas oscuras,
        dijera su elegía a la pobre escalera
        por la que dulces míos bajaron por vez última.
        Mirándote en el ángelus cubierta de palomas
        el alma ingenuamente sale al campo segura,
        como un niño que lleva un pájaro en la mano
        y llena cuando pasa el aire de hermosura.
        Ha calado mis huesos un temprano rocío
        y ya mi corazón con el llanto se alumbra.
        ¡Si en el silencio cabe la miel de esta mirada
        recógeme en tus brazos en la tarde profunda!

(Casa paterna)

Llanos escribió también delgados poemas sobre el sentimiento amoroso y su pérdida. Como se sabe, era homosexual, su mayor pecado en una sociedad de patriarcas y damas encerradas tras las verjas de la hacienda. El dolor de las separaciones que depara el comercio homosexual lo fue escribiendo lentamente en textos que cubren de nubes, árboles y ríos el mundo de la pasión. La necesidad de esconder al amante, hasta en el poema, de ocultar su cuerpo sobre el lecho, le llevó a Juan de la Cruz, con resultados muchas veces nefastos. Sin embargo, la carne deja huellas en varios poemas:

  Si no fuera por ti, las cosas no tendrían
        esa vaga ternura, esa luz de penumbra.
        Si no fuera por ti, esta melancolía
        de soñar y llorar no fuera la dulzura.
        Si no fuera por ti, ¡oh muerte!, cuántas cosas
        inadvertidas fueran.
        Otorga tu silencio soledad a las rosas.
        Por ti los ojos míos en el lucero esperan.
        Si no fuera por ti, qué triviales serían
        el amor y las manos que se unen, amor;
        y qué triste también el sol de cada día
        si en la tarde no hubiera muriente resplandor.
        Si no fuera por ti, el amor no tendría
        tanta dulce ternura, tan firme retener
        de las cosas que amamos: nube, flor, poesía
        ¡y este divino atardecer!

(Si no fuera por ti)

Andrés Holguín se aventura a destacarle como un poeta que "en sus cantos místicos se aproximó, mejor que Francisco Luís Bernárdez, a la órbita de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz", pero una lectura de su obra, especialmente la escrita en los períodos de lucidez, ofrece un poeta que si bien puede estar “a la búsqueda de Dios” no deja de nombrar el dolor y la soledad como parte del paisaje que le obsede: el Valle del Cauca.

Llanos fue a la locura de manos del misticismo. Según José Gers:

“En la parte alta del barrio Santa Mónica se construyó un templo monumental a Nuestra Señora de Fátima. Autor de la iniciativa fue Antonio Llanos, que enviaba a los periódicos gacetillas donde relataba los prodigios de la virgen, quien aliviaba toda clase de entuertos y el milagro se publicaba en cartas con firmas y favores inventados por el poeta. Personalmente yo recibí muchas de ellas”

El Valle del Cauca que él celebra no es otro que el de María. Llanos usa un tono modernista para dejar en el poema acuarelas, que a pesar de su belleza, están tiznadas de dolor. No es un poeta festivo como el primer Carranza, o  agradecido, como Arturo, sino que más allá del aparente cántico, ofrece melodías de persistente tristeza y depurado dolor. La aparente serenidad que hay en sus poemas es una postura que delata sufrimiento.

“Sirvió a su pueblo con exquisito desinterés y pasión sin medida hasta el día en que la enfermedad redujo su horizonte a los tristes muros de un frío aposento de hospital, escribió su protector y amigo Mario Carvajal.  Fue, mientras pudo, animador de empresas cívicas y fecundos movimientos religiosos. La devoción de nuestras gentes a la Madre de Dios y Reina y Señora de los cielos y de la tierra ha tenido en el corazón y voz de Antonio Llanos campanas entregadas a solicito, desvelado llamamiento. Porque eso ha sido siempre Antonio, en sus días, ante Dios y entre los hombres: corazón agobiado de dones y voz vertida en todas las músicas de la plegaria y el amor. Siempre: en el júbilo y en la tribulación, en el embeleso y en el infortunio, en la afectuosa compañía y en la taciturna soledad. Nadie como el vocero de este instante puede decirlo con más ceñida certidumbre.”

Harold Alvarado Tenorio