Eduardo Carranza

1913-1985

Eduardo Januario Carranza parece haber venido al mundo en la estancia La Esperanza de la Sabana de Apiay,  en los llanos orientales, región sumida en el abandono y la violencia. No sabemos por qué fueron de hacienda en hacienda [Chipaque, Cáqueza] hasta llegar, cuando el poeta tuvo cinco años, a una cabecera municipal donde hizo la primaria, fue sacristán de una iglesia y vio el primer automóvil.

En 1925, el mismo año cuando Aurelio Arturo gracias a una beca vino a Bogotá, Carranza ingresó a la Escuela Normal Central de Institutores de los intolerantes Hermanos Cristianos, muchos de ellos, frailes que habían sido oficiales del ejército francés o alemán durante la primera contienda mundial. Su preceptor literario fue el Hermano Justo Ramón, un destacado miembro de la Sociedad Geográfica que como cronista publicó la Historia Superior de Colombia y desarrolló una Cátedra Bolivariana en la cual sació su empecinado autoritarismo el poeta. Fue también, según informa Casa Silva, el Hermano Justo Ramón quien le hizo baquiano en premios y prebendas.

Maestro de escuela, en Ubaté inauguró su patriotismo cuando la guerra con Perú, y al mudarse de nuevo a la capital fundó, cumplidos apenas sus 23 años, junto al “mariscal” Gilberto Alzate Avendaño [“temido como falangista, nazista, fascista”, según Hernando Téllez] y Juan Roca Lemus “Rubayata”, el partido Acción Nacionalista Popular (1933-1939). Fue en esos años cuando propinó un ladino ataque a Guillermo Valencia, que había perdido dos veces la presidencia de Colombia. Carranza fue ungido miembro de número de la Real Academia Colombiana de la Lengua, dirigida por Miguel Abadía Méndez, el Presidente de la Masacre de la Bananeras.  

En 1945, cumplidos los 32 años, fue a Chile como diplomático de Alfonso López Pumarejo, hasta  cuando Mariano Ospina Pérez le nombró [1948] director de la Biblioteca Nacional y Laureano Gómez, en 1951 primer secretario del embajador Guillermo León Valencia ante el régimen de Francisco Franco, donde estableció una estrecha amistad con su primo y secretario “Pacón” Salgado Araujo, que le promovió durante toda la dictadura como un nuevo Rubén Darío, publicaron sus libros, escribía habitualmente en diarios y revistas del régimen y le organizó encuentros y homenajes, como aquel del Hotel Nacional el 17 de junio del 53, a sólo tres días del golpe de estado de Gustavo Rojas Pinilla contra su benefactor, convocado en la apariencia por Joaquín Ruiz Jiménez, Ramón Menéndez Pidal, Salvador Dalí, Azorín, Eugenio D' Ors, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Alfredo Sánchez Bella, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Pilar Primo de Rivera, Ramón Serrano Suñer, Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Camilo José Cela, Ángel Valbuena Pratt y Ana María Matute, a los cuales desde las mismas oficinas de El Pardo se llamaba a los poetas y escritores para rendirle pleitesía y visitarle en los hoteles de Argüelles donde solía hospedarse, o pasaba los fines de semana en compañía de esclarecidas damitas falangistas y requetés.

Durante siete largos años, en compañía Oscar Echeverri Mejía [1], fue el representante cultural de los gobiernos más violentos que haya tenido Colombia.  

Carranza encontró en los planteamientos falangistas los ideales reaccionarios de raza, tradición y lengua que su complejo de inferioridad de mestizo le ponía ante el espejo. Un autoritarismo campechano que justificaba como doctrina para la supuesta transformación que no había logrado realizar la república liberal de López Pumarejo. En Madrid y de la mano del primo del caudillo, inauguró el I Congreso Hispanoamericano Femenino, se recibió como miembro de esa entidad, participó en la organización de la I Bienal Hispanoamericana de Arte en la cual fue jurado, y al arribo de Alzate Avendaño como embajador, le convenció de llevar a cabo la creación del Colegio Mayor Miguel Antonio Caro, la celebración del centenario de Marco Fidel Suárez, la “exportación” de un grupo de campesinos  como fomento a la inmigración española a Colombia para mejoramiento de la estirpe y la economía, etc. Carranza recorrió, siempre guiado por la mano maestra del primo del caudillo, ciudad tras ciudad dictando conferencias sobre la nueva poesía colombiana que él representaba como hispanista en América, inaugurando cátedras hispanoamericanas, pronunciando discursos frente a Francisco Franco ante la estatua ecuestre del Cid Campeador en Burgos o ante la réplica de las carabelas en Palos de la Frontera o presentando en el círculo de Bellas Artes al declamador Víctor Mallarino antes de interpretar, por supuesto, los poemas del primer secretario.

En España, dijo entonces [Pueblo, Madrid, noviembre 9 de 1957], más que un poeta lírico, yo he sido un poeta épico, un poeta civil. Me convertí en un disertante, en un hablante, en un profesor. Un comunicante, en fin de cuentas. Y creo que lo uno es tan valedero como lo otro.”

A finales de marzo de 1958, luego de gestionar el asilo político para Gustavo Rojas Pinilla en las Islas Canarias, mientras el presidente derrocado por el tirano vivía en Benidorm, renunció a su cargo diplomático, dejando en España muchos de sus futuros benefactores literarios, los jóvenes camisas negras que serían luminarias de Mito: Eduardo Cote Lamus, Rafael Gutierrez Girardot, Jorge Eliecer Ruiz, Danilo Cruz Vélez, Ramón Perez Mantilla, Hernando Valencia Goelkel, Affan Buitrago Valencia o Ramiro Lagos.

En 1961 fue nombrado director de la biblioteca del Distrito Capital, cargo que ocupó hasta la misma hora de su muerte, causada por un derrame cerebral mientras promovía, en España, su candidatura al Premio Cervantes como embajador del presidente Belisario Betancur, el mismo año [1985] del temblor de Popayán, la catástrofe de Armero y el holocausto del Palacio de Justicia.

Recibió la Gran Cruz de Cultura Hispánica, de Isabel la católica, de Alfonso el Sabio, de Cuervo y Caro, El centauro de oro y la Orden del Congreso de Colombia.

La gloria de Eduardo Carranza tiene que ver más con la historia que con la poesía. El año 1935, cuando aparecieron sus Canciones para iniciar una fiesta, se tiene ahora como la fecha cuando la poesía, recitada mejor que leída, se puso a tono, renunciando a los frisos de Valencia o los antros de Barba Jacob, con el éxito sentimental de boleros y danzones en la voz de intérpretes que aparecían en el cine mexicano, casi el único que llegaba a estas costas cuando tras el ingreso en la guerra mundial de los Estados Unidos, Hollywood favoreció a su vecino aislando a Perón. Todos y todas quisieron ser Sarita Montiel, Libertad Lamarque, Pedro Armendáriz, Marga López, María Félix, Dolores del Rio, Katy Jurado, Joaquín Pardavé, Blanca Estela Pavón, Flor Silvestre, María Candelaria, Jorge Negrete, Pedro Infante, Arturo de Córdoba, Jorge Mistral o Carlos López Moctezuma.

El bolero, que nadie sabe donde ni cuando fue inventado, trajo a Colombia una nueva forma de amar, porque era libre, no tenía rostro ni precio y tampoco había que saber leer o escribir para disfrutarlo. Las mujeres -[“Sin ti no podré vivir jamás… Bésame, bésame mucho… Cosas como tú, son para quererlas… Únicamente tu...”.], eran hermosas y buenas en contraste con las milongas, bambucos o pasillos de cambio de siglo, y bailaban en todos los mares, las lunas, las soledades y los firmamentos de eternas noches… de radio.

Azul de ti, un libro de finales de los cuarenta, incluye muchos de esos sonetos con aire de bolero que le hicieron famoso:

  Pensar en ti es azul, como ir vagando
        por un bosque dorado al mediodía:
        nacen jardines en el habla mía
        y con mis nubes por tus sueños ando.
 
        Nos une y nos separa un aire blando,
        una distancia de melancolía;
        yo alzo los brazos de mi poesía,
        azul de ti, dolido y esperando.
 
        Es como un horizonte de violines
        o un tibio sufrimiento de jazmines
        pensar en ti, de azul temperamento.
 
        El mundo se me vuelve cristalino,
        y te miro, entre lámpara de trino,
        azul domingo de mi pensamiento.

(Azul de ti)

Un mundo de jovencitas que parecen no saber nada de sus cuerpos, como si de un momento a otro fuesen a abrazar y darte un beso. Nada más lejos de Darío, de Valencia incluso, enamorado de seres que vivían en las ondas sonoras de las madrugadas del franquismo ultra católico y las batallas por la liberación de Europa. Ni Marlene Dietrich o Edif Piaf. Esas muchachas apenas tenían cintura, poco entre sus piernas contorneadas y atléticas o el ritmo palpitante de sus senos, Teresas, como la del poema, una divina y rica rubia caleña, de ojos almendrados y labios de rubí, que el poeta conoció cuando ella tenía quince años, “con una inteligencia aguda e imperiosa que no daba ni pedía cuartel”, como la conoció Gonzalo Mallarino.

  Teresa, en cuya frente el cielo empieza,
        como el aroma en la sien de la flor.
        Teresa, la del suave desamor
        y el arroyuelo azul en la cabeza.
 
        Teresa, en espiral de ligereza,
        y uva, y rosa, y trigo surtidor;
        tu cuerpo es todo el río del amor
        que nunca acaba de pasar. Teresa.
 
        Niña por quien el día se levanta,
        por quien la noche se levanta y canta,
        en pie sobre los sueños, su canción.
 
        Teresa Holguín, por quien ausente vivo,
        por quien con mano enamorada escribo,
        por quien de nuevo existe el corazón.

(Soneto a Teresa)

Los triunfos que depararon sus vínculos con las derechas le hicieron abandonar esas melodías. Se dedicó entonces a recorrer y celebrar “la patria”, con un telón de tragedia que explica a quien sirvió esa prosodia añil y alada, patriotera y primaveral, que incluye entre otros muchos acontecimientos el asesinato de Gaitán, la violencia conservadora con 300.000 homicidios, los reinados de belleza de todas las cosas y el golpe de cuartel de Gustavo Rojas Pinilla, tres décadas de Piedracielismo que iban a hacer astillas, caída la dictadura, algunos de los poetas de Mito, incluido el mas famoso: Gabriel García Márquez.

Copio también uno de sus últimos poemas, no sin advertir que el tono como los metros, las rimas y casi los asuntos, trasuntan un buen trecho de Piedra de sol de Octavio Paz.


[1] Oscar Echeverri Mejía [Ibagué, 1918-2005] fue director del Departamento de Información y Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, miembro principal de la Junta de Censura de Cine del Ministerio de Educación Nacional de Colombia, diplomático en España, México, Panamá y Venezuela; miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua correspondiente de la Real Academia Española, de la Sociedad Bolivariana de Colombia, editor y director del suplemento Estafeta Literaria, fundador, y director por diez años, de los programas radiales La Voz de la Academia Colombiana de la Lengua y Cuestiones de lenguaje.

Harold Alvarado Tenorio