El Modernismo

1882-1915

El arte ideal, arte universal o arte por el arte fue la consigna de Darío y los modernistas para sacar del pantano colectivizante los sentimientos y miradas de un individuo, refinado y subjetivo, que se expresaría con vigor cosmopolita gracias a las idealizaciones, el exotismo, la artificialidad y el preciosismo con que huía de la realidad positivista y tiránica de nuestras sociedades. El Modernismo, como el parnasianismo y el simbolismo al otro lado del océano, procuró en lo exquisito y lo raro, en las islas de Grecia y Japón, en los pabellones de Versalles y las pagodas chinas, un alejamiento de la vulgaridad del mundo real que los acercara, en la carne y el amor, lo ignorado y lo fatal, a un sentido moderno de la vida y de la muerte, pero sustancialmente de la belleza, como no se había percibido antes.

El Modernismo, -que se inició en 1888 con la publicación de Azul..., un libro en prosa y verso de Rubén Darío- tuvo como escenario mundial la belle époque, crisis espiritual del fin-de-siècle, y coincide con la incorporación de América Latina al sistema económico internacional, cuando las élites comenzaron a importar materias primas a cambio de objetos de lujo, y una emergente clase media buscaba con afán su lugar político y de expresión cultural. Su epicentro fue Buenos Aires y es contemporáneo al simbolismo y el parnasianismo como un proceso de transformación nacido de la insatisfacción y necesidad de renovación de formas y asuntos agobiados por arquetipos románticos. En el territorio colombiano los únicos poetas propiamente modernistas fueron Silva y Valencia, si aceptamos por tal toda aquella poesía que renunció a la divulgación en verso de los avances de las ciencias y poetizó, “anteponiendo el sentido de lo bello a toda otra clase de consideraciones docentes”, los sentimientos que surgían del comercio con la mal llamada civilización moderna y el desprecio por la vida burguesa que crecía en las ciudades finiseculares.

El diecinueve fue en Colombia otro siglo de crueldad y violencia. Comenzó con las Guerras de Independencia, a las que siguieron nueve guerras civiles, catorce guerras locales, dos con el Ecuador, tres golpes militares, una conspiración fracasada y la Guerra de los Mil Días anunciando las atrocidades de las dos Guerras Mundiales, que si bien fueron vividas de lejos por los colombianos, no dejaron de causarles tantos males y producir tantas miserias apenas comparables a las padecidas por los franceses, los rusos, los japoneses, los españoles y los mismos alemanes. Colombia no ha tenido paz en toda su existencia. Todo comenzó con los episodios sangrientos de la conquista española.

La Guerra de los Mil días fue la más cruenta de todas. Los caudillos y generales  liberales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera se levantaron en armas contra la traición ideológica de Rafael Núñez y el gobierno reaccionario y confesional de Manuel Antonio Sanclemente y José Manuel Marroquín, pero en la batalla final de Palonegro, donde durante quince días ocho mil liberales se enfrentaron a dieciocho mil conservadores, perdieron la guerra luego de haber dejado más de cien mil muertos en los campos y ciudades de Colombia, que quedaron devastadas y en la miseria.  El país que leyó a Silva y oyó declamar a Valencia y Barba era, por causa de esta y las otras disputas, analfabeta, y quienes podían medianamente leer y escribir, debieron repetir y obedecer los dictados de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, a quien Núñez había canjeado la república por una licencia matrimonial a su favor con el Concordato de 1888.

La ciudad más afectada por la guerra fue la capital, que había logrado salir a medias de su modorra colonial con los gustos y comodidades que la burguesía mundial iba prodigándose con hipódromos, teatros, deportes, velódromos, los anuncios luminosos y las llamadas Ciudades de Hierro con sus maravillosas Montañas Rusas. Para la década de los ochenta del siglo XIX Bogotá ya tenía Teatro Colón, una plaza de Toros, hoteles Tequendama, Sucre, La Reina, Rosa Blanca, Victoria y cafés como el Madrid, Florián y  Petit Fornos donde se bebían los vinos más caros del mundo y las cervezas nacionales Pale Ale, Excelsior, Sayer y las Bavarias Pilsener, Salvator, Bock y Doppel Stout.  La Santa Fe que desaparecería bien entrado el siglo, en medio de una danza de millones y los fuegos fatuos y vicios de una clase decadente, al fin de la contienda había regresado a sus orígenes, con sus casas de adobe, las calles estrechas cubiertas de piedras hirientes en cuyos andenes de losas a medio tallar se sentaban sus cientos de mendigos malolientes, o deambulaban por la Calle Real tras el tranvía de mulas o en las fuentes públicas llamadas “chorros” del Fiscal, el Rodadero o las Múcuras.

La Guerra de los Mil Días puso fin al siglo XIX en Colombia. La destrucción de la riqueza pública fue del orden de los 25 millones de pesos oro. La vida, en ese país controlado por los Históricos, se había convertido en una pesadilla donde miles de esposas, amantes, hermanas y madres preguntaban, en las cárceles y comisarías, por sus esposos, amantes, hermanos e hijos. Sólo los ricos que habitaban las 227 casas quintas de Chapinero eran felices.

Harold Alvarado Tenorio

Bibliografía