Luís Carlos López

1879-1950

Lo primero que veían los viajeros que llegaban por barco a Cartagena a finales del siglo XIX eran tres gigantescos fuertes coloniales reducidos a ruinas, y al pasar por Tierra Bomba, los cientos de leprosos que habitaban la «Ciudad de Oro».

Según Charles Saffray, lo que más llamaba la atención al llegar era la elevada muralla de plataformas que «recordaba los muros de Babilonia», donde podían correr hasta seis carros de frente.

Cartagena, que había gozado de las glorias y miserias del imperio español, ahora era un montón de escombros. Una masa de cieno invadía el puerto donde se aventuraban las chalupas que reemplazaron los barcos de gran calado. Al pie de las murallas pululaban los caimanes, las iguanas, los búhos y los murciélagos. Las últimas joyas coloniales que adornaron las murallas, sus inmensos cañones, habían sido vendidas a la nueva república del norte por «ciento veinte mil piastras».

Poco sería lo que habría de cambiar  hasta bien entrado el siglo XX. Todavía en 1930 vivía un estado de gracia que le procuraban las casonas solemnes, la piedra sarnosa de las murallas, el adoquinado de las calles, las digestiones adormecedoras y los seminaristas que jugaban a la «gallina ciega» en la plaza de Santo Domingo.

 «La del manso rebaño —con la estigmatizada excepción de tres o cuatro ovejas negras —dice Antonio J. Olier  — que el arzobispo Pedro Adán Brioschi pastoreaba con su talante de encomendero y al que piadosamente proveía de recursos de emergencia en las oficinas de agio que tenía montadas en las goteras del arzobispado».

Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza (Cartagena, 1879-1950), nació en el hogar de un comerciante y un ama de casa que tuvieron doce hijos. Hizo estudios de bachillerato y de dibujo y pintura y en la Universidad de Cartagena de medicina, interrumpidos al estallar la Guerra Civil de los Mil Días, cuando quiso militar en las filas de Rafael Uribe Uribe, pero antes de participar en batalla alguna fue puesto preso y devuelto a casa.  En 1909 viajó a Bogotá «el único viaje que hizo a la capital», parece que enviado por su padre a asuntos de negocios.

Ya en 1909, como sucedió a Silva, a López le toca dedicarse al comercio. La tienda, de la cual era socio, se llamaba «Bernardo López e Hijo». A la muerte del padre cambiaría la razón social a «López Hermanos». Ser tendero era, en un país sometido, en el reparto imperialista a la agricultura, el mejor negocio posible.

En esa tienda López hacía tertulia con sus amigos y leyó, entre encurtidos y jamones, a sus autores preferidos: Unamuno, Machado y Ortega. La vida de tendero duró varios años, hasta que ante sucesivos fracasos comerciales tuvo que dedicarse a la diplomacia y luego, a la burocracia,  empleo con que el estado colombiano ha pagado a ciertos escritores.

Pasados los años de la dictadura de Reyes y tras la llegada de los Republicanos al poder, con Carlos E. Restrepo, López se aventuró en política y  en el periodismo.  Fundó La Unión Comercial y se postuló como candidato a la Cámara de Representantes.

El Republicanismo fue una coalición de la oligarquía a fin de reformar el sistema político. Su principal contribución fue la firma del tratado Urrutia Thompson, el 6 de Abril de 1914, que pretendía ofrecer reparación moral a Colombia por la pérdida de Panamá y compensaba al país con 25'000.000 de dólares. Así se reanudaron las relaciones formales con los Estados Unidos, dando gusto a una burguesía que no tuvo el menor reato en esperar siete años, entre 1914 y 1921, cuando el tratado fue aceptado por el Congreso de los Estados Unidos.

Después de estos fracasos políticos y comerciales la vida de López se hizo monótona. Fue director de la imprenta departamental de Bolívar; Abadía Méndez le nombró cónsul en Múnich y Eduardo Santos le hizo conceder otro cargo diplomático en Baltimore.

Publicó cuatro libros: De mi villorrio (1909); Posturas difíciles (1909); Varios a varios (1910) y Por el atajo (1920), casi todos en España. En ellos la tierra caliente es el sitio más aburrido del mundo; las noches llegan cansadas, bostezando; el mar es un viejo bilioso, las aspas del molino cabecean neurasténicas y los bueyes caminan atacados de melancolía. En otros poemas esboza al barbero, el alcalde, el juez, el barbero, las abuelas y las tías, el poeta, el cura, o los alimentos como el bollo limpio, o la flora y la fauna, etc., irónicos retratos de costumbres, personajes y cosas como en esta Visión inesperada que más que un faro parece un falo:

Pasamos a unos metros de un islote
que sobresale con
la indolencia sensual del hotentote.
No hay una brizna de vegetación.
 
¿De quién será este lote
de piedra, esta senil aberración
de los siglos?  En vano es el azote
del mar contra la flema del peñón.
 
Luce un faro que tiene
la burda forma de un erecto pene
fenomenal.  Tal vez
 
medita en el amor esta rapado
terruño acantilado,
¡solo en su candorosa desnudez!

 

Un López humorista más que satírico, cuyas acuarelas y siluetas han perdido en luminosidad y trazo para ganar en caricaturismo y aflicción.

La temática de López puede resumirse, entonces, en poemas lugareños, a la acuarela; retratos de personajes, al carbón, y poemas costumbristas. Una obra que da la sensación de haber sido escrita circunstancialmente, como poemas de ocasión.

El tono de sus mejores poemas es satírico. Ese humor, el carácter de López, determina su poesía. Todo lo que describe y retrata está cargado de una risa burlona, irónica.  Para López las cosas no parecen tener un valor más que burlesco, y tanto paisaje, patria o ideología no merecen otra cosa que ser víctimas del sarcasmo. Pero como ha dicho Gutiérrez Girardot, su guasa no es cosa distinta a una reacción conservadora y de desprecio por el “progreso” de su tiempo.  Esa es la gran diferencia entre su poesía y la de los poetas españoles del noventa y ocho o López Velarde. El «tuerto» López creyó poco en lo que vio y vivió.  La poesía no pudo servirle para retratar la Colombia que era víctima  de su «clase» e ideología, y su contestación a la realidad que le disgustaba, menos que una protesta de la musa, como en el caso de José Asunción Silva, fue una mueca sentimental.

“Era, en sus primeros poemas –dice Cobo Borda-, fervoroso españolizante: allí asoman alquerías y pesetas; duros y molinos; mesones, pollinos y botas de vino e incluso un paisaje de Sorolla. Quizás esto explique sus chistes gruesos, pero no es el hispanismo el que alivia el reiterado tedio de sus sonetos, siempre idénticos.”

Harold Alvarado Tenorio