Claudio de Alas

1886-1918

Gilberto Freyre demostró en Casa Grande y Senzala (1933) como los africanos enajenados a América fueron más cultos que sus amos “blancos”. En las Senzalas languidecieron médicos, poetas, estrategas, ebanistas, arquitectos, filósofos, ingenieros y sabias mujeres que transmitieron a los hijos de los explotadores el placer de los alimentos, la danza y el cuerpo. Melodías, pucheros, cama, todo delata nuestra negritud. Para muestra varios botones: Machado de Assis, Lezama Lima, Elvis Presley, Martin Luther King, Gabriel García Márquez, Frank Sinatra, Jorge Amado y sin duda, el mismísimo biógrafo del atroz redentor Lazarus Morel.

Si a  José Hernández “Matraca” debemos el gauchaje,  a Bartolomé José Crespo, un gallego apodado Creto Gangá, las prosodias y sintaxis de Nicolás Guillén y Emilio Ballagas al reinventar los lenguajes de los barracones  bozales y cabildos congos, que prolongarían Pales Matos, Martán Góngora, Cesaire, Pepin o Mateo Morrison.

A esa raza y estirpe pertenece Claudio de Alas [1886-1918]. Según todas las crónicas, Jorge Escobar Uribe habría nacido en Tunja, capital del estado de Boyacá en Colombia,  en el seno de una familia de numerosos parientes: su padre fue ingeniero de caminos, uno de sus hermanos, general, jefe del estado mayor y edecán del presidente que entregó Panamá, otro, apodado El cojo, senador de la república liberal, etc., y muerto, por su propia mano, en un pueblito de la Provincia de Buenos Aires donde pasó buena parte de su adolescencia Julio Cortázar. En su bien temprana pubertad padeció la Guerra de los mil días, y luego viajó, parece que en calidad de exiliado político, por Ecuador, Perú, Chile y Argentina. En Centroamérica, donde hizo parte del ejército que intentó recuperar la soberanía del Istmo, escribió para El Imparcial; en Chile, entre 1906 y 1916 publicó Salmos de muerte y pecado, Fuego y tinieblas o el drama de la legación alemana [Santiago de Chile, 1909], y una biografía de Arturo Alessandri. En Buenos Aires El cansancio de Claudio Alas, Visiones y realidades y la novela La herencia de la sangre [1919].

Alas, que participó en los Juegos Florales de Chile que ganó Gabriela Mistral con los Sonetos de la muerte en 1914, obtuvo un accésit con un Salmo de amor, en castellano antiguo. Su fama de bohemio elocuente parsifaliano fue apenas comparable a su insaciable lujuria gástrica y etílica, que ejercía en Coppola Splendid, un restaurante donde ganó más de una vez el concurso del mayor comensal de su tiempo al ingurgitarse sin piedad mas de diez platos y no pagar la cuenta.

Rendido admirador de Rubén Darío, en 1916 intervino en uno de los homenajes al cantor, e incluso llegó a murmurarse que estaba neciamente enamorado del nicaragüense [tres años antes (25-01-1913), había escrito al idolatrado: “Poned entre las mías vuestra mano; y vos, como el Hércules; y yo, como el Efebo, a través de la ausencia y la distancia, conozcámonos”].

El 6 de Diciembre de 1917 la revista Sucesos anunció, con estos versos, su partida:

Abandonando el rincón
de esta urbe santiaguina,
en Alas de la ilusión
partió Claudio a la Argentina.

La Buenos Aires de Yrigoyen poco pudo ofrecer a Claudio de Alas, que se encontró, luego de vivir del parasitismo santiaguino, con una metrópoli arrogante y exótica, donde no hubo amistad pero hervían el lujo, el champagne y el crimen. El mundo cruel que retrató Enrique Santos Discépolo en Que vachaché:

Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.
El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.

Decidió entonces refugiarse en la quinta que un pintor inglés tenía en Banfield, donde a medida que traducía de la Salomé de Oscar Wilde, conversaba con el viejo perro del pintor, que ya ni ladraba. Su último texto, titulado Poema negro, delata las tradiciones a que estuvo adscrito: un romanticismo tardío digno de los lectores mórbidos de Julio Flores, su paisano,  cuyos poemas, como otros de Baudelaire, Silva, Poe o Nervo,  poblados de huérfanos, putas, viudas, cadáveres y pérfidas eran cantados en los camposantos de las nuevas urbes y los conventillos de Buenos Aires. Mis flores negras, el famoso soneto de Flores, fue interpretado por Libertad Lamarque en uno de sus primeros filmes sonoros.

El 5 de Marzo de 1918, luego de asesinar al perro, se pegó un tiro en la cabeza. El perro había pasado la tarde junto a él, con sus orejas enhiestas mientras le oía hablar solo. Murió a los 32 años. Una calle de Cuartel IX de Lomas de Zamora lleva su nombre. Nadie le conoce en Colombia [1].

 


[1] MIGUEL RASCH ISLA

Otro autor ignorado por los conservadurismo es Miguel Rasch Isla (Barranquilla, 1887-1953). Hijo de Enrique Rasch Silva y Dolores Isla, hizo  el bachillerato en St. Mary´s College de Puerto España para desempeñarse, luego, como empleado bancario. Fue en esos años cuando comenzó a publicar sus sonetos en el diario Rigoleto, que reuniría en A flor del alma (1911), elogiados por Max Grillo.  En 1915 se mudó a Bogotá donde se vinculo a Los nuevos, a Eduardo Castillo, José Eustasio Rivera, Luis Eduardo Nieto Arteta y Armando Solano. En 1916 casó con Ilva Rodríguez Zúñiga, a quien había dedicado en El Gráfico un soneto que comienza:

Ella es así: por donde pasa deja
 tranquilo eco fugaz de onda remota,
 pues más que andar sobre la tierra, flota
 con un vaivén de nave que se aleja.

Vivió once años en la capital de la república, donde publicó Para leer en la tarde (1921), Cuando las hojas caen (1923), La visión, poema en doscientos tercetos (1925) y La manzana del Edén (1926). Miguel Abadía Méndez le hizo cónsul en Santander, donde trata a José María Cosío y Gerardo Diego. Luego va a Hamburgo, aprende alemán y publica Sonetos (1940), mientras los aliados bombardean el puerto y el barrio San Paulis que frecuentaba. Trasladado a Barcelona por Eduardo Santos, Gregorio Marañón prologa Purpura y oro, sonetos taurinos, con ilustraciones de Antonio Alcalde. Murió en Bogotá, donde Manuel García Herreros había publicado en el número cuatro de Los nuevos un comentario que afirmaba que:

"Con varios libros a cuesta y no pocas traducciones al y del portugués, con largos, invernales años, Rasch Isla continúa siendo un poeta de ignorancia alarmante, insólita, agresiva.”

La manzana del Edén es quizás su libro más conocido, por sus espléndidos sonetos eróticos. En el proemio Rasch Isla previene acerca de la lectura que van a hacer “Lectora: después de esta página, que es como una cortina previsora, cuida de no adelantar un paso más hacia dentro. De lo contrario, tropezarán tus ojos con un pequeño museo o salón en que 12 cuadros audaces reproducen otras tantas veces tu cuerpo desnudo. Mi fantasía ingenióse, de modo que cada figura descubre, a su turno, partes, actitudes, momentos y aun resabios de tu intimidad femenina; a lo cual se agrega que mi pincel inexperto no supo revestirlos con las galas de la discreción, por donde muchos rasgos y detalles aparecen tal como los figuró Naturaleza en el lienzo vivo de tu carne., dice. Y luego vienen La hoja de parra, Idilio columbino, Pánfila, Iniciación. Espasmo, El tesoro, etc.  Voy a copiar varios de ellos.

Ninfomaníaca

Boga en sus ojos ígneos el pecado
y la traición en su sonrisa boga,
y son sus brazos pérfidos la soga
con que toda virtud ha estrangulado.
En su vientre infecundo el insaciado
cortejo de los hombres se desfoga,
e infiltra malestar, como una droga,
su beso arteramente destilado.

Sacerdotisa en el ritual venusto,
se defiende, se cimbra, se querella,
en los extremos del espasmo augusto.

Mas su imperiosa carne disoluta,
obliga al macho a devorar sobre ella
del viejo edén la insuperada fruta.



    Culto de Safo

Bajo el cielo de Lesbos floreció tu malicia,
y en Lesbos adquiriste la afición con que eres,
en el coro festivo de las otras mujeres,
la que eróticamente las provoca e inicia...

Qué goce de otros mundos o qué extrema delicia
hallas en el inverso culto de tus placeres?
Por qué al beso del macho que fecunda,
prefieres el beso de la amiga: tu émula en la caricia?

Dichosa tú que sabes, sin manchar su blancura,
deleitarte en la núbil plenitud de sus senos
y embellecer el vicio con tu propia hermosura.

Salve a ti en el cortejo de las mujeres bellas
que ayúntanse a los hombres en connubios obscenos:
tu pecado rebelde no es el de todas ellas.

 

Iniciación

Sobre el busto de mármol se contornan los senos,
y apartando con nimias complacencias la bata,
succiono los erguidos pezones de escarlata:
pomos donde se acendran invisibles venenos.

Ella ciñe los muslos, vigorosos y plenos,
donde el sexo apremiado se defiende y recata,
mientras se contorsiona con lujurias de gata,
al roce de mis labios que la exploran obscenos.

A un desmayo de toda su belleza vibrante,
logra mi mano intrusa desligar un instante
de sus piernas esquivas el frenético nudo.

Y de todas mis ansias en el ímpetu ciego,
busco el cáliz virgíneo de su cuerpo desnudo,
y a una lenta tortura de puñales le entrego.


    Espasmo

Después de que con lúbrico recreo
ávidos besos en tu boca imprima,
como quien logra ambicionada cima
te escalaré en la fiebre del deseo.

Buscaré el montecillo del Himeneo
donde celoso musgo lo escatima,
y en contubernio de tu carne opima
llegaré de deleite el apogeo.

Pasado el lujurioso escalofrío,
sentiré ante tu carne poseída
odio a tu cuerpo, repugnancia al mío;

y también la congoja repetida
de ver que sólo al destilar hastío
se abre, mujer, tu impenitente herida.

 

El tesoro

Dos columnas pulidas, dos eternas
columnas que relucen de blancura,
forja la línea irreprochable y pura,
como trazada en mármol, de tus piernas.

Con qué noble prestigio las gobiernas
cuando al marchar, solemne de hermosura,
imprimes a tu cuerpo la segura
majestad de la Venus sempiterna.

Y cuando, inmóvil, luminosa y alta,
en desnudez olímpica te ofreces,
entre tus muslos de marfil resalta,

como una sombra, el bosquecillo terso
de ébano y seda, bajo el cual guarneces
el tesoro mejor del universo.

Harold Alvarado Tenorio