Mauricio Contreras

1960

Mauricio Contreras Hernández [Bogotá, 1960] hizo estudios de química en la Universidad Pedagógica Nacional y ha trabajado como maestro, editor y miembro de comités de redacción de revistas como Cronopia y Barrioteatro. Algunos de sus libros son Geografías (1988,  De la incesante partida, (2003), Devastación y memoria (2005),  La herida intacta (2006) y Desierto Delirio (2007). Ha traducido a José Paulo Paes, Owen Sheers, Vikram Seth, Tishani Doshi y Menna Elfynn.

Contrariando a varios de sus compañeros de viaje, Contreras no cree que la poesía tenga función política alguna, sin que por ello el poeta pueda eximirse de las relaciones sociales que establece con su tiempo. “Cuando se vive en medio de la indignidad producto de una tradición excluyente,-- ha dicho--, de una moral como hidra de seis cabezas, no es necesario ir a buscar nada donde nada hay.” 

Desde sus primeros libros su poesía se ha caracterizado por un marcado interés en el destino del individuo atado a sus pasiones carnales, con una voz nada altanera, más aristocrática que enfática. Luego se irá sumergiendo en los abisales tormentos de los afectos entorpecidos, con un coro de voces que no encuentran donde asistirse, hundiéndose en la ruina y el vacío, atados a un vicio maldito, la pasión sexual.

  San Sebastián y sus lebreles corporales

  Ahí está de nuevo.
        Adivino su presencia tras las cortinas de la ventana
        que permanece cerrada.
        Me vigila con insistencia   me busca   me encuentra.
        Sé que quiere acariciarme
        pero no me dice nada.
 
        En la casa me repiten que no hable con extraños,
        vive cerca y todas las mañanas nos cruzamos.
        El aroma del perfume que usa me trastorna,
        su mirada acezante me sonroja y apuro el paso para alejarme,
        pero quisiera quedarme.
 
        Cómo cansan diez y seis años.
        ¿Por qué no me habla?
         ¿Cómo debo comportarme?
 
        Sólo sus miradas.
        Saetas como lebreles lamiendo mi co
stado,
        cosquilleo que sube por mi espalda.

Voces que recuerdan que vivimos mundos cerrados, conculcados, donde beber, fumar y fornicar, a sabiendas que son las únicas fuentes del placer en este mundo, están prohibidas para siempre. Un reino donde la felicidad es el hielo del miedo, el palpitar del susto, el orgasmo imaginario.  

A continuación, en su segundo libro, En la raíz del grito (1995) Contreras extrema la monotonía del ritmo de sus oraciones demostrando, primero, su fe en las palabras y luego, el fracaso de las estructuras que sostienen la frase, la representación, la lógica del pensamiento. La voz hiere, los ojos buscan lo invisible, se complacen en las alucinaciones que deparan el deseo o la voluntad de no ser, dando forma a lo impreciso y contrahecho, porque la poesía:

"recupera un olor de infancia que en su despliegue y entre los desechos, borra la temporalidad sucesiva y causal de lo cotidiano, lo atormenta y descompone restituyendo lo otro en el drama, ceremonia, juego, baile de máscaras, en esa incesante operación que, a pesar nuestro, nos moldea y proporciona la anhelada imagen en la cual nos reconocemos".

[La poesía tiene el nombre de nuestra divinidad]

Tenemos en Bogotá, --parece repetir Contreras--, entre la euforia y la disforia que abrir bien los ojos para que la destrucción no nos alcance; oír mucho para que el espeso ruido de la muerte no nos derribe; amar con sigilo para descubrir en el amante al asesino. Porque:

 "Iluminados por el relámpago de nuestra propia desnudez que nos deja impávidos. Visión de golondrinas muertas anunciando sequías y tormenta, mientras el afán creciente nos cerca. Tribulaciones que no conducen a parte alguna, que no alteran el progreso, que se escurren entre más tentativas de darles explicación o respuesta. Voces, imágenes, fantasmas agitando lo que ya se presagiaba como un mar muerto".

[Ídem]

En los últimos cuarenta años el incremento de la violencia política causada por los enfrentamientos entre las guerrillas, el ejército y los grupos privados de autodefensas, los bombardeos a las zonas campesinas y los operativos antinarcóticos han desplazado a mas de cinco millones de colombianos de sus hogares y parcelas. La guerra contrainsurgente ha producido miles de masacres entre los habitantes acusados de servir de apoyo social a la guerrilla, generando un repoblamiento de las regiones. Contreras Hernández ha recorrido muchos de esos territorios en su calidad de editor de libros para maestros de escuela y a partir de esas experiencias compuso De la incesante partida (2003), un libro en el cual,  según los editores “los tránsitos por los universos del dolor, el permanente desarraigo del ser y la huída impuesta por los más sombríos poderes, conducen en el sobresalto esencial de esta palabra poética, a una vertiginosa interiorización”.

 1.

  – mira que gente rara
        – nunca se detienen
        – ¿y por qué no?
        – porque no se cansan
        – ¿y por qué no?
        – porque no tienen donde caerse muertos
        – y tampoco duermen
        – ¿y por qué no?
        – porque están huyendo
        – ¿los que huyen nunca duermen?
        – ¿pueden dormir los huyentes?
 
        2.

  entre las piedras donde buscamos alimento
        en la tierra sembrada de ojos abiertos
        entre graznidos que sofocan la siembra
        en la dispersión del camino sin regreso
        madura una vendimia sedienta
 
        3.

  ¿hacia dónde deriva este río perplejo?
        ¿qué volcán de fuego crece junto a su silencio?
        ¿qué plagas se abaten sobre este pueblo?
        ¿qué semillas cosecha esta labranza dispersa?
        ¿y qué arcanos cifran su tormento?
        ¿y el trigo que se muele y la luz que se aposenta?
        ¿y sus caminos y sus puertos de sosiego?
        ¿hacia dónde deriva este destierro perpetuo?

        4.

  he aquí que algunos morían 
        sin vislumbrar el camino de regreso
        otros yacían a nuestro lado clamando que la verdad
        había sido el riesgo
        entretanto
        los que aún no
        todavía 
        bebíamos luz agria
        y hablábamos sin palabras con nuestros pasos
        lentos pasos
        con nuestra sombra
        exigua sombra
        la partida es lo único que sabemos 
        uno tiene su mata de ñame 
        la huida es lo único que tenemos
        uno tiene
        su
        puño
        de
        arroz
 
        5.

  juntos en el desierto
        juntos en la selva
        juntos en la sed
        en el agua dispersa
        nunca se detiene este camino
        para tantas preguntas no hay labios
        sólo para pezones y lamentos
        manada de pasos sin huella que irritan al cielo
        a éstos y aquellos
        crece un musgo que sofoca el canto de las mujeres
        los más viejos erigen sus techumbres 
        con palmas de paciencia
        el silencio echa sus redes
        y hay quienes afirman que
        creen que
        aún
 

Cada uno de los poemas de este libro ofrece una visión de ese horror vivido como si no hubiese existido nunca. De ahí su efecto chocante, cuando al leer parece que nos hablaran de otras cosas,  cuando caemos en cuenta que la desesperación y el grito ha sido nuestro pan de cada día, que estamos vencidos, derrotados por unas fuerzas del mal inadvertidas y privilegiadas en los medios de comunicación, un cataclismo que ha sido una feria de sangre y terror. La danza de la muerte de nuestro final de siglo. Una visión del desplazamiento perpetuo del hombre sobre la tierra.  De la incesante partida es uno de los pocos libros escritos en Colombia donde en cada página destila la sangre de los inocentes y la maldad del hombre se campea como Pedro por su casa.

Pero es quizás La herida intacta (2009) el libro más elaborado que haya publicado Contreras Hernández y con el cual ganó el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá de 2005.

  Delirios de uno extraviado en la noche bogotana

  Las cortinas del hotel regio permanecen cerradas,
        párpados de olvido cubren las vidas de sus sigilosos habitantes.
 
        Las raíces de una planta reseca se han echado al aire,
        es la noche que extiende sus manos de dulces amenazas.
 
        Su cara es una mueca deshabitada,
        fachada donde nadie se asoma
        para no ver a dios tendido sobre el asfalto.
 
        Todos sus habitantes danzan sonámbulos
        olvidados de dios que ahora yace olvidado.
 
        Allí las puertas siempre están cerradas.

Publicado en una preciosa segunda edición por Daniel Almendrales, dividido en tres secciones que bucean en la memoria a la manera de Artur Rimbaud en Harar, le saison en enfer del poeta bogotano ocurre entre los muros derruidos de una casa donde celajes de muchachos como querubines sucumben al placer demoledor de los camastros de Notre Dame de Fleurs y las humillaciones del Journal du voleur, mientras reflexiona sobre la poesía y la vida con un ritmo digno de los símbolos decadentes del primero y la madera que arde en el hogar de la locomotora de la prosa del transiberiano. La herida intacta es pura poesía urbana, acosada por millones de abandonados de la suerte y la fortuna, un retrato en puro cemento del barrio prostibulario[1] donde vivió León de Greiff.

 Residencias Luís XV, sin aviso a la calle 

  Hoy amanecí degollado.
 
        Un tajo limpio,
        una irónica sonrisa de oreja a oreja,
        adornaba mi garganta.
 
        Era de ver mi lengua colgando como corbata
         y las de mis vecinos babeando sobre la alfombra
        queriendo meterse en mi cuarto.
 
        La empleada del servicio recoge sábanas
        y cientos de colillas de cigarros
        mientras me aconseja comportarme como un buen muerto
        y no dar esos espectáculos.
 
        Mi ocasional amante chilla
        que todo no es más que un pretexto para no pagarle.
 
        Y mi madre,
        ya la escucho,
        reprochando la desfachatez
        de andar por ahí sin tan siquiera una bufanda.
        Claro que si tuviera una bufanda roja
        me colgaría de la viga más alta
        y escribiría un poema titulado el ahorcado del Café Bonaparte.

[Fragmento]

 

[1] Fundado en 1938 el barrio Santa Fe, donde vivieron Jorge Eliecer Gaitán y León de Greiff fue a mediados del siglo pasado un espacio moderno habitado por emigrantes europeos, especialmente judíos, que construían edificios de cuatro plantas para pisos de alquiler y donde vivían en general intelectuales y estudiantes universitarios alrededor de quienes fueron surgiendo los primeros bares bohemos, cabarets, casas de cita y por último, en los años de la alcaldía de Antanas Mockus, que le hizo el barrio prostibulario por excelencia, con 25 manzanas plagadas de expendios de drogas y parches para putas y travestís callejeros. Según Mockus la llamada “Zona de Tolerancia de Bogotá, es el único sector de América Latina reglamentado por la administración de la ciudad para que hombres y mujeres, mayores de edad, puedan ejercer la prostitución bajo el control de las autoridades, y para que inversionistas privados tengan la posibilidad de establecer multimillonarios negocios de este tipo, pero ceñidos a las normas del Distrito Capital”. La casa del poeta de Greiff fue vendida por sus herederos a un bandido de nombre Harvey Ayala que la demolió y convirtió en un parqueadero para sus prostíbulos Casa Azul y Antunes.

Harold Alvarado Tenorio