Fernando Arbeláez

1924 - 1995

Desde muy joven y recién llegado a Bogotá de la distante Manizales, donde había nacido, Fernando Arbeláez gozó de una aureola de niño prodigio entre los contertulios de los cafés que frecuentaban los poetas de los años cuarentas. Tanto así, como para que la revista Semana, dirigida por Hernando Téllez, le colocara en la portada de uno de sus números [El lío de los poetas, Bogotá, 2 de abril de 1949] dedicados a los jóvenes escaldos, a quienes llamaban Cuadernícolas, por el formato con que habían publicado algunos de sus libros. En esa edición y en las páginas interiores aparecían los otros entrevistados: Charry Lara, Mutis, Andrés Holguín, Gaitán Durán, Maruja Viera, Omer Miranda, Guillermo Payan Archer y Jaime Ibáñez.

Arbeláez, al parecer de origen muy humilde, quiso de niño ser bombero, pero a los doce años luego de estudiar latines y griego en el Seminario Conciliar de su pueblo quiso ser poeta debido a la fascinación que su mente sentía por la medida y combinación de metros y versos, en un mundillo medieval de formas sacramentales donde lo misterioso e invisible colocaba la poesía en una dimensión religiosa y trascendental, a la cual solo parecía poder acceder mediante la inspiración o la consustanciación con las musas. Entrado en la pubertad, a los catorce años abandonó el seminario para intentar terminar sus estudios en el Colegio de Cristo de los hermanos maristas, de donde salió sin graduarse para fungir de maestro de escuela, trabajar en un laboratorio de productos farmacéuticos o vender tractores en municipios del bajo Magdalena y desde allí ir a la capital para hacerse abogado, profesión de nunca ejerció.

Una vez en Bogotá, su destino literario quedó cifrado. El Café Asturias se convertiría en su templo de Apolo, en una década, la de los años cuarentas, cuando León de Greiff, desde el fondo del café regía un mundo por el cual desfilaban Eduardo Carranza y Jorge Rojas [“Se querían como dos hermanitos… como Caín y Abel”], los “revolucionarios” de Piedra y cielo, con su beatería por el barroco y sus tibios exámenes de las falsas tradiciones capitalinas y Alberto Ángel Montoya, a quien admiró en su juventud, atendía casi ciego a una tertulia donde sus amigos celebraban sus paradojas y boutades sobre la ordinariez de la vida bogotana. En esa cátedra de la poesía Arbeláez oyó hablar a Jaime Tello de sus traducciones de Joyce, de marxismo y comunismo a Luis Vidales y se deslumbró con las ocurrencias de Vidal Echavarría, el único surrealista que ha tenido Colombia:

“No sabía qué era el Surrealismo, escribió Arbeláez en La escuela de la noche [1], pero estaba convencido que Vidal Echavarría era su encarnación real y verdadera. Con su afro cobrizo y un suéter alto de color violeta, su aspecto era una protesta ambulante y naturalmente peligrosa dentro del ambiente circunspecto y tradicionalista de los <<cachacos>> de entonces. Alegaba tener correspondencia directa con Jean Cocteau y exhibía unas cartas suyas que nunca nos atrevimos a discutir. Era dibujante y acuarelista de unos paisajes dalinianos que el abogado Rodrigo Jiménez Mejía consideraba extraordinarios y, pensando en el valor que tendrían en el futuro, le compraba sin discutir mucho su precio. Lo que a mí me acongojaba era la destrucción de la cultura en la que estaba comprometido, pero no dejaban de conmoverme sus veloces ambulancias negras conduciendo miles de ángeles heridos.

Su amistad con los Nuevos, --en especial con Jorge Zalamea a quien oyó recitar una noche La prosa del transiberiano y la pequeña Juana de Francia,-- y su vínculo con los de Mito, en cuyo primer número publicó la traducción de un poema de Perse, le llevaron a la poesía de Pound y Eliot a quienes admiró con fervor. Mas adelante ocuparía diversos cargos burocráticos, uno de ellos como director de extensión cultural del ministerio de educación bajo el gobierno de Valencia y el ministro Gómez Valderrama, cuando publicaron la obra de Arturo, Charry Lara y el Canto llano del propio Arbeláez. Otra de sus empresas memorables fue traer por primera vez a Colombia a Jorge Luís Borges, a quien acompañó en Bogotá, Medellín y Cartagena. Arbeláez sería después diplomático en Suecia y viajaría, gracias a varias becas y bolsas de estudio, por el oriente, hasta que terminó viviendo en un suburbio de Washington y desempeñándose como bibliotecario del Banco Interamericano de Desarrollo. A finales de los años ochentas regresó a Colombia, donde gozó de la amistad y del afecto tanto de sus compañeros como de la nueva generación.

La obra poética de Arbeláez está reunida en unos pocos volúmenes y responde, tanto por sus intereses como por sus maneras expresivas, a las supersticiones y credos literarios de su tiempo: un escepticismo torturante acerca de la eficacia del lenguaje para comunicarse entre los hombres y otra no menos incredulidad ante la inasible realidad, tanto ideológica como histórica. Eliot y Joyce, a quienes hay que agregar, a medida que crecía como poeta, una incontenible fascinación por las tesis del taoísmo y otras doctrinas orientales. Escribir, para Arbeláez, era una suerte de trance y rito mágico mediante el cual estamos ante la inminencia de una secreta revelación que nunca aparece, una búsqueda zen hacia lo arcano y distante. Lo que nos conduce a una segunda premisa de su temática, el poema como un acto de mendicidad incesante por lo absoluto. etc., etc… Un sincretismo donde creencias, ideologías, ciencia, libros, arquitectura, cuadros, tecnología hallan lugar para crear ese compuesto de variedades supersticiosas que llamaron modernidad y originalidad. El Diadoco es un mapa de criptografías y sorpresas eruditas, donde a varias voces se recrean los fastos y las tragedias del ayer como signo del presente.

“Un afán de grabar, dice Cobo Borda, en la estela de mármol ese contrapunto que va desde la  legendaria Helena hasta los cambios de temperatura que una pareja experimenta entre los pórticos atenienses. Estrofas que parecen encerrar un enigma donde los dioses e imperios vuelven a reanudar tanto su ciclo inmemorial como la punzante fuerza con que ellos marcan en cada ser humano su temblor mítico su aura de leyenda. El poeta recuerda a Odiseo y se embarca de nuevo. La poesía es su nave…”

 Allí, frente al mar Egeo, las ruinas proyectan una teogonía homérica entre los olivares y las playas y el erotismo es paliativo de la muerte, como sucede también en algunos de los poemas de Gaitán Durán y Liscano.

“Circuida de niebla y desvelo, la poesía de Arbeláez, sostuvo Fernando Charry Lara,  aparece como un amanecer urbano por cuyas desiertas esquinas se entrecruzasen, sonámbulos, los fantasmas del símbolo y la reali­dad. Es poesía de sugestiones intelectuales que quisiera empren­der una exploración del universo valiéndose de su sola capacidad imaginativa. La acompañan, luego, la historia y los viajes.”

Elementos que quizás estén resueltos en uno de sus poemas capitales, El viejo de la ciudad, que recrea la parábola vital de Kavafis, el poeta de Alejandría, de quien Arbeláez fue, si no nos engaña la historia, el primer traductor al español.

 

[1] Revista Quimera, n° 1, Bogotá, 1989, pag.21

Harold Alvarado Tenorio