Eduardo Cote Lamus

1928 - 1964

Aun cuando nació en Cúcuta, en el seno de una familia de ricos propietarios de tierras, Eduardo Francisco Cote Lamus pasó su niñez en Pamplona donde hizo la primaria y el bachillerato en el Colegio Provincial San José, durante los años finales de la República Liberal vapuleada día a día por Laureano Gómez, uno de los líderes políticos mas reaccionarios y violentos que conociera Colombia y a quien Cote Lamus veneró en su temprana juventud política, cuando en Pamplona creó comandos juveniles de estudiantes, obreros y mujeres y daba conferencias divulgando las ideas y directrices de los jefes de su partido, participando sin desvelo en la campaña que llevó a la presidencia a Mariano Ospina Pérez, el 2 de Mayo de 1945, derrotando a los liberales Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay.

Cote Lamus terminó su bachillerato en 1946 y gracias a sus vínculos con los jefes conservadores pudo ingresar sin mayores tropiezos, primero a la Universidad Javeriana y luego al Externado para adelantar estudios de derecho, pero el mejor acontecimiento de su vida en esos años fue la amistad que entabló con Gilberto Alzate Avendaño, de cuyo grupo hizo parte hasta la muerte del caudillo. Sus colaboraciones en los diarios del alzatismo fueron frecuentes y doctrinarias, siempre bajo la impronta del llamado pensamiento autoritario bolivariano, como puede leerse en las virulentas crónicas semanales que hizo para Eco Nacional, donde apodaba a don Baldomero Sanín Cano como “Baldosín” y a sus seguidores “Baldosineros”.

En 1950 con una beca de Cultura Hispánica, la agencia colonial del franquismo, viaja a España donde se diploma en Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca y donde recibe, en 1953, un premio “A la joven literatura” por Salvación del recuerdo, uno de los dos peores primeros libros de poemas, según Juan Gustavo Cobo Borda [1], que haya escrito colombiano alguno.

“Era un joven de 23 años, dice María Mercedes Carranza, delgado, con un rostro extraño en el cual dominaban los ojos decididamente oblicuos, achispados, y la breve y aguda perilla que se movía puntualmente al compás de su hablar atropellado, con dejos de tartamudez. Pasaba las penurias económicas de los estudiantes e incurría en una bohemia que hizo su historia en el Madrid en entonces: aun hoy hay quienes recuerdan su asombro cuando supo que una copa de brandy valía apenas dos pesetas y decidió comprar todas las existencias del bar donde se encontraba, lo hizo cerrar y con los desconocidos parroquianos que allí había se lo bebió, gastándose así los viáticos que su padre le había dado para los primeros meses en el exterior”.

  En Madrid, Cote Lamus frecuentó la casa de Vicente Aleixandre, conoció a varios de los poetas de la llamada Generación del Cincuenta, a Alfonso Costafreda, José Manuel Caballero Bonald y José Ángel Valente, que frecuentaban su domicilio de la calle Donoso Cortés 78, cuarto izquierda, y en el bar de Cultura Hispánica a tres grandes poetas y peligrosos bebedores nicaragüenses José Coronel Urtecho, Ernesto Mejía Sánchez y Carlos Martínez Rivas, con quienes leyó a los poetas de expresión inglesa, en especial a T.S. Eliot y sus largos poemas sobre la vida contemporánea, que luego imitaría en Estoraques.

En 1953 estuvo en Glasgow durante unos meses en el cargo de cónsul y luego, con el mismo rango, en Frankfurt, donde vivió tres años. En 1957 regresó a Colombia. A 1 año siguiente casó con Alicia Baraibar y dio comienzo a su carrera burocrática: secretario de Educación, representante a la Cámara, senador y gobernador de Norte de Santander. Murió la madrugada del 3 de agosto de 1964, en un lugar llamado La Garita, cuando se disponía a renunciar a la gobernación del departamento para asumir el cargo de Ministro de Educación del gobierno de Guillermo Valencia, que acababa de nombrar como su primer embajador en Moscú al titular de la cartera, Pedro Gómez Valderrama. 

Debido, quizás, a sus éxitos como político, Cote Lamus gozó de un enorme prestigio como poeta y fue celebrado por no pocos amigos y seguidores. Pero lo cierto, es que la poesía y la literatura, como sucede a menudo en Colombia, fue para Cote Lamus una actividad secundaria, que daba lustre a sus conquistas y ambiciones políticas. Y aún cuando todavía se insista en celebrarlo como poeta, mejor será decir que si se editaran y divulgaran sus discursos políticos, se haría evidente como su oratoria se había nutrido con eficacia de la poesía. Lo mejor de su obra está en varias de las intervenciones que hizo en la Cámara y el Senado, ya fuera para defender a Rojas Pinilla de los ataques de Mario Latorre Rueda y Alejandro Galvis Galvis, o reivindicar las ideas del movimiento alzatista llamado Frente Civil, o para atacar a las facciones integrantes del Frente Nacional: “Vamos a continuar diciéndole al país que esta forma de abuso capitalista, propiciado por las clases oligárquicas de los partidos liberal y conservador, hará crisis de un momento a otro, y Dios quiera que encuentre alguna fuerza organizada”, o el debate contra las torturas del Servicio de Inteligencia Colombiano el 3 de agosto de 1959, etc.

Como animal político que era, Cote Lamus no conoció ni pretendió recibir el don de la inspiración o el duende o la voz del más allá que incita al poeta a dar cuerpo al poema, a poner su carne y su voz al servicio de las divinidades del arte. Lo que hubo en él fue premeditación, cálculo. De allí que toda su obra, desde sus primeros libros hasta los últimos, se parezcan a algo o a alguien. Cote Lamus dedicó buena parte de su tiempo en España a estudiar las retóricas, preceptivas y técnicas de construcción de la poesía contemporánea y de ello hay muestra fehaciente en su obra. Sus poemas están recargados de los efectos que hicieron celebres a Eliot, a Pound y por supuesto a Aleixandre, el incomprensible y fatigoso. Una pululación de anécdotas, un mucho de así era, aquí fue, allí estaba, caminar a la derecha, ir más allá, noches de Glasgow, de Berlín, de Madrid, y con una desfachatez inaudita, todo lo peor y mas perecedero de la  «teoría hidráulica del mundo» de Eliot, por no decir que el plagio mismo de Eliot. “Una obra plagada de defectos” como dijo de La vida cotidiana, su amigo y compadre ideológico Valencia Goelkel. “Una poesía, como ha dicho acertadamente Ariel Castillo Mier, artificial, llena no sólo de ecos, sino de voces, ajenas, heterogéneas (de Barba a Vallejo, de Arturo a Aleixandre), que se oyen alto; una poesía abstracta, negada para la imaginación visual, en la que el hablante lírico importa e imposta el tono y simula una falsa sabiduría, y, raras veces, habita un ámbito concreto.”

 

[1] Historia de la poesía colombiana, siglo XX, Bogotá, 2004, pg. 281

Harold Alvarado Tenorio