Mario Rivero

1933 - 2009

Una de las deleznables imposturas de cierta crítica interesada, es la superchería de hacer de Mario Rivero[1], primero un poeta, luego el autor de “uno de los mas bellos libros de la poesía colombiana”, y de contera y por adelantado, sostener que con su primera extravagancia, titulada, impunemente, setenta años después de Baudelaire,  Poemas urbanos, habría cambiado la lírica en Colombia. Ya veremos porque no hay tal. Rivero fue “el propietario de la única empresa cultural y poética que deja utilidades en plata, Golpe de dados”, y fue en ella, precisamente, donde la ilimitada obra del trovador antioqueño fue publicada y reeditada, sino extensamente celebrada. Rivero hizo de Golpe de dados la mejor tribuna de su gloria y el mas dilatado pedestal de su estatua: circuló casi cuarenta años.  

Mario Rivero, seudónimo de Mario Cataño Restrepo, fue uno de los mitómanos de la farándula colombiana, cuya vida, mas que su “obra poética”, amerita una novela, o una biografía como la que hiciera Fernando Vallejo de Barba Jacob, con quien Cataño tiene mas de una analogía. Nacido, al parecer, en Envigado, la patria de Pablo Escobar; hijo de un obrero de una fábrica de telas, recorrió, como correspondía a un típico vástago de la Antioquia pendenciera, todos los caminos del calvario hasta llegar al monte de los Olivos de la fama y la fortuna. Según todas las malas lenguas, Cataño habría sido veterano de la guerra de Corea, trapecista de circo y domador de elefantes, contrabandista y vendedor de refrigeradores, enciclopedias y colecciones de premios Nobel, cantante de tangos en el bar Manhattan de Mario Vélez y El Rosedal de doña Blanca Barón, “manager” de boleristas, empresario e inventor de hojas de vida de toreros, locutor de radio, marchante de obras de arte, “crítico” de arte, vendedor de esmeraldas, cambista de moneda extranjera, avicultor, técnico en maquillaje de estrellas y gigoló de viejas damas de los radioteatros de la capital de Colombia, aparte de un consuetudinario enamorado de las secretarias de las oficinas de los abogados de la carrera séptima, a quienes habría conquistado con un método tremendamente eficaz: medio pollo asado y un par de zapatos de tacón alto de los almacenes Ley.

“Mario, cuando estaba chiquito, - escribió en un reportaje Gonzalo Arango Arias- dejó la escuela pública para trabajar de obrero en Rosellón. Después se aburrió de trabajar y se dedicó a vivir. En el bello sentido de la palabra es un gran "vividor". […]Cuando lo conocí  me dijo que se llamaba "Mario del Rivero", que era argentino, más exactamente cantante de tangos, y que acababa de regresar de una gira triunfal por Europa y París. Como yo era bachiller y existencialista, le pregunté por Sartre en francés, y él me contestó cantando un tango de Gardel, ese que dice: "Che madame que parlás en francés"... y con eso se salió del lío. Entonces supe que Mario no sólo era un "vividor", sino también un impostor y un poeta milongo, bailongo y tanguero. […]Así fue como lo conocí. Después lo seguí viendo en circos ambulantes, esos de carpa, donde hacía "extras" de galán joven, acróbata, levantador de pesas, prestidigitador, fakir, recitador. Combinaba su estrellato de barrio bajo con líos sentimentales que, por pasarse del límite, lo encerraban en la cárcel de La Ladera inculpado de seductor, secuestrador y falsas promesas. Yo creo que cantando tangos o recitando poemas de Asunción Silva, este avivato lograba evadir la culpa y el presidio. […] Como tenía una memoria prodigiosa se aprendió varios discursos y emprendió una gira de conferenciante por los pueblos de Antioquia, ofreciendo veladas culturales donde alternaba las ideas estéticas, las recitaciones románticas, y el tango milonguero. Entre los discursos de Maya había uno de coronación, y de él vivió dos años, pues se hacía contratar en los pueblos para coronar la reina del civismo, de la bondad, de la cebolla, del huevo. Sólo tenía que cambiar el nombre de la reina que coronó Rafael, por la de turno. Todo esto lo hacía con candorosa inocencia, con genial inocencia. Aún no había escrito sus primeros versos, pero ya era un poeta; el poeta épico de su propia vida. Pues este joven se defendía de la miseria con las uñas, con la poesía de otros. En su feroz batalla por subsistir legitimaba todas las armas. Su mayor triunfo, creo yo, es haber sobrevivido a las adversidades y tentaciones de una existencia conformista. Pero la naturaleza y la raza lo habían dotado de una prodigiosa imaginación que usaba contra la penuria y los límites. […] Hace ocho años se sintió frustrado en Medellín y vino a probar "fortuna" a la capital. El hambre y la soledad lo arrojaron en las tinieblas de la poesía y se operó en él una conversión. Pasó del infierno de la imaginación al de la creación, y se volvió poeta con sus propias manos.”

Adscrito al Nadaísmo, el cual luego aborrecería, Cataño Restrepo publicó en 1966, en lujosa edición, un cuaderno con sus escritos titulado Poemas urbanos, con una prosodia, sintaxis y vocabulario extraídos de si mismo y que pretendía representar el mundo citadino de entonces. Un lenguaje que por lo ordinario y banal, pretendidamente proletario (¿cuál será el lenguaje de los proletarios?), es la antítesis de cualquier poema. No ha existido nunca, en ninguna lengua, poesía a partir de la trascripción llana y ramplona del habla. Ninguna germanía fue por si sola, sin la intervención de los poetas, obra de arte. La escritura de Cataño Restrepo es pura y simple realismo socialista: sus personajes son pobres diablos, gente fea y triste, las víctimas del Frente Nacional, que por ello, no se mudan en poesía, así sea poesía lumpemproletaria. Y sin ideología pues ni ellos ni su creador la tienen.

Lo cierto es que, cuando Mario Rivero publicó su primer libro, hacía cinco años que Jorge Gaitán Duran había publicado Si mañana despierto y siete de la aparición de La vida cotidiana de Eduardo Cote Lamus, y sólo faltaban dos para que se recogieran en libro los espléndidos y esos si revolucionarios poemas de Jaime Jaramillo Escobar, conocido entonces como X-504. Dos de esos libros, el de Gaitán y Jaramillo, hicieron trizas las tradiciones, tanto formales como ideológicas, de la poesía en Colombia. La insistencia en querer ver en las mecanógrafas, gamines, banqueros y empresarios que aparecen en los “poemas” de Rivero a los sujetos, per se, de una nueva lírica que se opondría a las visiones y tonos de Gaitán y Jaramillo, demuestra la ignorancia, o la mala fe, de los comentaristas de libros de entonces[2]. Porque leídos hoy, con casi diez lustros encima, los Poemas urbanos no resisten una segunda lectura. Ayer como hoy son en su mayoría mediocres, nada dicen, usan un pobre español. ¿Por qué pensó Rivero que para celebrar la miseria y la mezquindad de la existencia había que ser avaro con el lenguaje? Mas que narraciones, estos textos son caricaturas. En esos “poemas” de Rivero, como en casi toda su obra posterior, escasea el tono, la voz que como de un dios crea la vida en los textos. Cobo Borda ha dicho que esos “poemas” se han ido “descascarando” con el paso del tiempo. ¿Qué otra cosa son esos domadores de pájaros, obreras de quince años que van al Parque Nacional, unos astronautas, otras secretarias aburridas, y esos tipos parados en las esquinas mascando chicle, sino caricaturas? ¿Y qué decir de esa extravagante serie de Vietnamitas de Rivero dignos de la tradición de la pobreza que habla Cobo Borda?

Lastimosamente casi nada queda de la obra de Rivero, recogida en más de una docena de libros. Un “poeta” que pretendió hacer el retrato de su tiempo a través de los hombres y mujeres silenciosas que recorren las metrópolis contemporáneas, o están recluidos en las prisiones de sus habitaciones, o venden toda clase de objetos en las calles, o tragan el fuego de su miseria, o cosen atadas al pedal de una Singer o mueren en las calles en plena juventud. Pero ni la señorita Betty, ni Saulo Salinas, ni Irma la Dulce, ni el Tío Ho Chi Min, Ernesto Guevara, Bonny & Clide o Gertude Stein viven en sus “poemas”. “Fotos y postales callejeras, ha dicho Cobo Borda, que narran lo que pasó, lo que está pasando, lo que ya dejó de existir, efímeras como un periódico”. Porque lo que circula en sus libros son los despojos de la lengua, un español atropellado y caótico, sin voz ni música. Sus textos son su más grande derrota.

 

[1] En Argentina hubo un poeta y cantor de tangos con el mismo nombre, Mario Rivero, nacido en 1913.  Desde muy joven se radicó en Montevideo y allí desarrolló sus actividades de autor teatral y de radioteatro, etc. Creador de una serie de comedias teatrales en las que se incorporaban tangos lo llevó a ser el autor de "Muchachos que peinan canas" entre otros que realizó junto a Donato Racciatti.

[2] En justicia, se podría decir que los inventores del “poeta” Mario Rivero son María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo Agudelo, Nicolás Suescún y Hernando Valencia Goelkel, miembros todos del mudo y sin voto Comité de Redacción de la revista Golpe de dados, junto con la siguiente y despampanante nómina de ausentes y difuntos, compuesta por Álvaro Mutis, Aurelio Arturo, Danilo Cruz Vélez, Eduardo Carranza, Eduardo Escobar, Federico Díaz Granados, Fernando Arbeláez, Fernando Charry Lara, Giovanni Quessep, Héctor Rojas Herazo, Jaime García Mafla, Jorge Guillén, José Emilio Pacheco, José Luís Díaz Granados, Jotamario Arbeláez, Juan Gustavo Cobo Borda, Juan Manuel Roca, Manuel Mejía Vallejo, Pedro Gómez Valderrama, Ramón de Zubiría, Rodolfo Alonso, Rogelio Echevarria y Rubén Sierra Mejía.

Harold Alvarado Tenorio