Luis Tejada

1898-1924

Hijo de educadores radicales dedicados a combatir los gobiernos de la hegemonía conservadora [1886-1930], Luis Tejada (Barbosa, 1898-1924) quiso hacerse maestro, pero, como era habitual en un país controlado por la iglesia católica más reaccionaria del mundo, fue expulsado y tuvo que dedicarse a la otra profesión familiar, el periodismo, en un diario de unos parientes donde se hizo el poeta de los prosistas colombianos.

 

Aún cuando sólo vivió 26 años, le tocó en suerte otro de los sangrientos episodios de nuestra historia. Entre el 18 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902 los colombianos se enfrentaron, por mil doscientos días en una guerra fratricida que dejó el país dividido, en ruinas entre los millares de sus muertos, separado de una de sus más ricas provincias, con un largo periodo de oscurantismo por delante y a las puertas de la crisis económica mundial de los años treinta. Años que fueron, sin embargo, los del crecimiento de las ciudades, con la aparición de la vida urbana y proletaria. Santa Fe se transformó en Bogotá, con sus nuevos edificios de acero y cemento diseñados por arquitectos norteamericanos, sus trescientos automóviles que exigían la pavimentación de las principales vías y el desarrollo de la industria, que para entonces ya producía el diez por ciento del producto interno bruto. Una ciudad que no volvería a tener los tres bancos de siempre, ni a oír el grito apagado del postillón entre el ruido de los cascos de las mulas del tranvía.

 

Unas veces por causa de las necesidades de sus padres y otras por las suyas propias, Tejada recorrió numerosos pueblos donde los movimientos obreros llamaron su atención o los servicios de su pluma. De Barbosa a Medellín, luego Yarumal, Pereira,  Barranquilla, Circasia, Bogotá y por último Girardot: la Colombia que crecía con los dineros de la indemnización norteamericana -La danza de los millones- y los créditos y las exportaciones de café pactadas por el gobierno de Pedro Nel Ospina por la pérdida de Panamá, inundando los bolsillos de los contratistas de las obras públicas que ofrecían luz eléctrica, agua potable y ferrocarriles, generando enormes flujos migratorios entre las capitales de los departamentos, dando auge a las nuevas distracciones obreras y la clase media: el cinematógrafo,  los viajes en avión, los teatros de variedades, los nuevos ritos sociales, las vanidades públicas y privadas de la gente de bien.

 

Pero fue en los cafés [Astor, Pensilvania, El Globo, La Bastilla, El Bodegón] donde los propietarios de los periódicos, revistas, colegios y librerías, marginados de los poderes de entonces, de derechas y de izquierdas, llevaron a puerto sus proyectos de independencia de la república de Caro y Núñez, de la pluma de una generación de bohemios de chambergo y borsalino, barbas, melenas y  pipa conocida como Los Nuevos y de la que Tejada fue figura señera.

 

 El Windsor [Calle 13 # 7-14] y El Riviére, sobre la Avenida Real del Comercio, [Carrera Séptima], cerca de El Tiempo y El Espectador, las mejores librerías y las universidades, donde hombres solos, estancieros y poetas comían y bebían al ritmo de pequeñas orquestas mientras caía la eterna lluvia,  fueron los más frecuentados por ese grupo del que hicieron parte Alberto y Felipe Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Germán Pardo García, Hernando de la Calle, Hernando Téllez, Jorge Eliecer Gaitán, Jorge Zalamea, José Mar, José Umaña Bernal, José Camacho Carreño, Juan Lozano y Lozano,  León de Greiff, Luis Vidales, Rafael Maya, Ricardo Rendón y Silvio Villegas.

 

Seis meses antes de morir, en marzo de 1924, en una edición pagada por el autor, fueron reunidas en Libro de crónicas 47 de las cientos que había escrito Luis Tejada.

 

Se llamaba crónica [de Xronos, testimonio o registro de la vida agotada] a un comentario periodístico derivado del modelo de Les Essais que Michel de Montaigne publicó a finales del siglo XVI, donde con una implacable erudición y sabiduría se ocupó de sí mismo y sus fait divers, dejando el más descarnado retrato de lo que sería el hombre moderno. Tejada, que había leído en Baudelaire y Chesterton y estaba hecho de la madera de la poesía, hizo de sus textos vespertinos una suerte de bálsamo para el alma de los numerosos lectores que tuvo en una ciudad donde más del setenta por ciento de sus habitantes no sabía ni leer ni escribir.

 

Canto, cuento e ironía sus crónicas celebraron los signos modernos de la vida citadina: el ruido, la belleza de las mujeres de entreguerras enfundadas en medias de seda, de cuellos rubios y morenos; la música de los barrios marginados de las capitales del mundo y la ausencia de esa vida en la capital de Colombia, donde no había vitrinas ni maniquíes como en los Campos Elíseos o la Quinta Avenida, ni se oía la música y canciones de Maurice Chevalier  o los Diexieland Jazz Band a pesar de las miles de pianolas, ortofónicas y chucherías que comenzaban a llegar con los veinticinco millones de dólares del Tratado Urrutia-Thompson.

 

En su aparente sencillez, sus crónicas establecen una relación compleja y univoca entre su yo y el mundo para proponer nuevos valores y miradas vibrantes de poesía. Situadas a caballo entre el nuevo ajetreo de la capital de Colombia y el recuerdo de sus pueblos antioqueños, entre la infancia y el presente, su ánima se encanta con los pequeños seres y cosas mientras vaga al desgaire por las plazas y avenidas sin que logre saciar los anhelos de plenitud, pues la vida y sus actos, con esa mirada melancólica, tierna y solidaria que nos ha dejado del mundo, es vana e inútil.

 

Tejada fue absolutamente moderno en el centro de la edad media colombiana. De allí su lirismo y eternidad, pues con una intuición tercermundista sintió la soledad y la angustia del hombre y las mujeres «acorraladas, emparedadas, momificadas» del capitalismo que retratarían Camus y Sartre. Con sus reproches a la literatura colombiana, apegada a un falso clasicismo, ["Lo verdaderamente clásico es lo más opuesto a toda imitación servil; el clásico es más bien el creador"]  sucedánea de los meros efectismos de los imitadores de Rubén Darío, como sucedía con el peor Valencia y el mejor Barba, celebrando entonces a Vidales, Zalamea y de Greiff porque en “las épocas de intensa agitación espiritual, en los momentos de revolución, cuando todo se subvierte o se destruye, la gramática salta hecha pedazos, junto con las instituciones milenarias.

 

“Tejada, escribió Luís Vidales en 1945, tenía un poder magnético enorme. De su ser emanaba un fluido atrayente, verdaderamente maravilloso. […] Él fue el centro de nuestra generación, el jefe nato, nuestro núcleo rumoreante e inquieto.”

Murió en Girardot, tuberculoso y sifilítico, el 17 de septiembre de 1924. Dos años antes los intelectuales progresistas de esa Colombia que se hundía en la debacle que produjo la más atroz de las guerras de la historia del hombre, le habían proclamado, malgré lui, "Príncipe de los cronistas". Su Obra Completa [1990], recogida por María Cristina Orozco y Gilberto Loaiza, permanece inédita entre los anaqueles de la biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia.

Harold Alvarado Tenorio